martes, 11 de diciembre de 2018

MI HISTORIA CON JORGE HACHE, EL EDITOR


Cuando lo vi por primera vez en el Paseo de la Bonanova, a la altura de Mandri, lo reconocí al instante. Llevaba gabardina, sombrero y bastón decimonónico, su estampa avanzando sobre las aceras otoñales de la ciudad condal era ya pura literatura. Al cruzarnos distinguí su rostro amable y eminente nada más verle: era Jorge Hache, el editor.
          El señor Hache no es un editor cualquiera. Fundador y director de Acertijo, el sello de Guy Debord, Kapuscinski y Vila-Matas, entre otros, descubridor de Roberto Bolaño, su nombre le hace justicia al premio de novela más prestigioso de la lengua castellana, el Premio Hache. Medio siglo publicando a los mejores escritores de su época, Hache es una leyenda viviente de la historia de las letras en español, varias generaciones hemos crecido al amparo de su criterio.
Pasó por mi lado sin prestarme la más mínima atención, como era de prever.
La siguiente vez que lo vi fue en el Paseo de la Bonanova, una vez más, pero ya un poco más cerca de Anglí, a la altura de Escolas Pías. Tampoco me pasó desapercibida su figura entonces (habían transcurrido tan solo un par de semanas desde aquel primer encuentro), con la misma gabardina y el mismo bastón, aunque sin el sombrero, me pareció más alto y desgarbado y, sobre aquella primera impresión mítica, se superpuso esta vez la de un apacible octogenario paseando por su barrio.
La literatura no es como el cine o el rock and roll, la literatura no tiene rostro. Eso me diría Hache, más adelante, ufano de su anonimato habitual.
El tercer, el cuarto y el quinto encuentro me dieron las pistas definitivas sobre su recorrido. Lo vi en Major de Sarrià, en Carrasco i Formiguera, en Via Augusta. Iba siempre solo, y siempre con su bastón. Avanzaba muy lento y señorial por las aceras ya invernales de Barcelona y ni una sola vez me dirigió su mirada.
Por entonces yo acababa de terminar mi novela Respiracionistas y buscaba alguna editorial para publicarla. Desde luego, barajaba algo más asequible. No me había planteado Acertijo, ni el Premio Hache, ni nada por el estilo. Mi objetivo era bastante más modesto, editoriales pequeñas, de provincias, subvenciones con tiradas de unas cuantas centenas, tal vez la autoedición (tenía algunos ahorros, llegado el caso). Pero la vida a veces te lleva cerca de los sueños y la imaginación de las almas sensibles llega a cotas insondables en esos casos: en aquel hombre mayor que pasaba desapercibido como uno más de ese barrio burgués de la alta Barcelona (“la literatura no tiene rostro...”) descansaba la potestad de cambiar mi suerte. Y así fue como entré en una espiral ingenua de ilusiones. Imaginaba mi éxito, y le di formas variadas, me dejé seducir por augurios a partir de la casualidad, albergaba esperanza, justicia, redención. Pensaba que podía llegar mi momento, por muy endeble que fuera esa probabilidad: existía, era él, Jorge Hache.
Realicé varias tentativas de delimitar su recorrido conforme a los sitios donde lo había visto pasear. Marqué los puntos en un mapa. El señor Hache bajaba a menudo por Anglí, era justo en esa calle donde confluían nuestros encuentros. Y era en esa calle también donde estaba mi trabajo. Debía de vivir cerca de allí.
Fue una jornada primaveral en que iba yo absorto dándole vueltas a ciertos problemas laborales, subiendo Anglí, cuando de pronto lo vi en el salón de su propia casa: ahí estaba Jorge Hache, el fundador de Acertijo, el editor de mi ídolo Bolaño, leyendo el periódico. Llevaba una bata color caoba y leía a la luz de una lámpara enorme que gobernaba la estancia. Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la austeridad de su salón, sin cuadros ni libros, la estampa gélida de aquel hombre vetusto que tanto talento literario habría manejado, enfrascado en las usuales vicisitudes de un diario. Como una pintura de Hopper, o un relato de Raymond Carver. Las ventanas enrejadas de su mansión modernista daban a la misma calle Anglí, a dos números de mi trabajo. Con razón me lo cruzaba tan a menudo.
Mis ambiciones más insensatas se dispararon entonces y creyeron ver alguna clase de señal.
Pasé los siguientes días instalado en una duda que más que duda fue asimilación de coraje para ejecutar una decisión que ya había tomado. Una mañana cualquiera, de camino al trabajo, le dejé en su buzón el manuscrito de Respiracionistas, con mis datos de contacto, y con la siguiente nota pegada en un post it:

Estimado señor Hache:
creo en el destino
creo en el realvisceralismo
creo en mi novela,
quedo a la espera de noticias,
atte., el Autor

Los días posteriores fueron de remordimiento. Se apoderó de mí una casta conciencia de civismo y respeto y de pronto me pareció absurda mi iniciativa, mis pretensiones, mi historia. Acosar a un señor mayor en su propio domicilio, meterle en su buzón un ladrillo de trescientas páginas con la esperanza descabellada de que las leyera y de que, además, viera en ellas algo digno de contactar conmigo (alguien que, en su momento, habría leído los manuscritos de Los detectives salvajes, de Bartelby y compañía, de La guerra del fútbol). ¿Cómo se tomaría tamaña falta de consideración? Estaría acostumbrado a esta clase de excentricidades, me tranquilizaba, por parte de innumerables escritores alucinados que le quisieran hacer llegar sus manuscritos, eso seguro, pero ¿en su propia casa, sin conocerle de nada, en su buzón? Desgraciadamente, encima, y a pesar de lo escrito en mi nota del post it, yo empezaba ya por esas fechas a dudar de la calidad de mi propia obra, a tenor de los rechazos en esas editoriales de poca monta.... ¿Y si se pusiera en contacto conmigo, pero a través de sus abogados, para ponerme una denuncia? “Creo en el derecho civil, creo en la intimidad, creo en mis abogados”, podría contestarme, pero era inconcebible, en realidad, porque Hache debiera ser un hombre tolerante, dada su trayectoria, estaría acostumbrado a aventuras mucho más abyectas. De modo que, tras mucho divagar, llegué a la conclusión de que mi Respiracionistas sería recogido por alguien de su servicio y, o bien iría directo a la basura, o bien, en el mejor de los casos, pasaría a engrosar la pila interminable de originales inéditos de algún desván con telarañas.
No supe nada de Hache en un buen tiempo. Me cambiaron el horario de trabajo y supuse que eso habría hecho que no coincidiéramos en sus paseos. Era mejor así.
Poco después, cuando ya mi búsqueda infructuosa para buscarle un editor a Respiracionistas empezaba a ser exasperante y me veía abocado a la autoedición, la desesperación y la rabia por intuir lo inevitable (que tal vez mi novela no fuera para tanto) me hicieron regresar a la única esperanza disparatada que me quedaba: abordar a Jorge Hache por la calle. Lo detendría la próxima vez que me lo cruzara, forzaría que me mirara, confesaría que era yo quien le había dejado el manuscrito en su buzón. Le pediría disculpas de la mejor manera posible y esperaría que jugara a mi favor tanto descaro... Rogaría una lectura y una opinión, fuera la que fuera... Era una táctica suicida, no me vi con fuerzas. Desistí. Borré de mi cabeza esta historia, estos encuentros, me propuse dejarlo correr.
Pero la historia continuaba sola y vino directa hacia mí.
Tocaron al timbre de mi trabajo: era él, Jorge Hache, con su bastón y su cara de lúcida mansedumbre.
¿Cómo sabe que soy yo, y que estaba aquí? ¡Imposible! Fue lo primero que pensé.
Hasta ahora no lo he dicho, soy psicólogo. Trabajo en un Centro de salud mental y atiendo pacientes de todas las edades, condiciones y diagnósticos. Graves, leves e infundados, mi trabajo consiste en ayudarles a superar sus propios obstáculos. Escribo en los ratos libres. Crecí entre libros de Acertijo y soñé siempre con ser escritor, con aparecer en las solapas de los grandes libros y lograr una cierta trascendencia, escribo desde que recuerdo, vivo para escribir, en definitiva, pero no vivo de ello. Mi seguridad y mi contexto social me llevaron a esa tangente de mis fantasías creadoras (que, insisto, sigo cultivando en ratos libres) que es la que paga mi comida, mis recibos, mi alquiler.
De modo que ahí estaba Hache, en calidad de cliente.
Huelga decir que no mencionaré el motivo de su visita. El mero hecho de aludir a una persona concreta como paciente de una terapia ya viola no solo códigos éticos de la profesión sino que puede ser constitutivo de delito. Justifico seguir adelante con esta narración y dar cuenta de ciertos mínimos detalles, en cualquier caso, con la certeza de haber sido autorizado por el propio Hache. Los cotilleos personales y las polémicas ignominiosas quedan fuera de la realidad que pretendo rememorar (y que, por otro lado, se trata de una realidad bastante común): el señor Hache realizó un tratamiento sin grandes complicaciones y obtuvo mejoras razonables sobre su problemática en un tiempo relativamente corto. Eso es todo cuanto nos interesa: que Jorge Hache hizo un tratamiento en mi Centro, que yo fui su terapeuta.
Naturalmente, durante aquellas sesiones semanales en que el señor Hache me desglosaba sus cuitas y sus preocupaciones, sus heridas y sus deseos más profundos, yo no podía dejar de pensar en quién tenía en frente, en mi despacho, a pesar de toda mi experiencia laboral: era Jorge Hache, el editor más reputado de la lengua española. Mientras aquel paciente frágil y noble se apoyaba en mí y me confiaba sus secretos y sus traumas, yo, lamentablemente, mezquinamente, no podía dejar de pensar en lo cerca que estaba de mis sueños más lozanos. No era nada profesional mi actitud, desde luego, pero me esforzaba en aparentar entereza y atención y por momentos conseguí superarme, logré hacerle de espejo cóncavo o convexo, según conveniencia, para que él mismo llegara a desentrañar sus propias trampas (y decidiera lo que hacer con ellas). Hice lo mejor que pude mi trabajo, en suma, y salió bastante bien. Y además diría que, salvando esos abismos insalvables de la sana relación terapéutica, hicimos buenas migas, o, como se dice en el argot, buen vínculo.
No negaré que en ocasiones yo procuraba llevar nuestro divagar a la recepción de manuscritos, a las locuras que los escritores desesperados eran (éramos) capaces de arriesgar en su persona, pero Jorge Hache, magnánimo con estos temas, y con otros, lo minimizaba, apenas sí le daba importancia. Es más, le azoraba enumerarlos. Y entonces, a medida que Hache iba mejorando y acercándose a sus objetivos, a medida que sesión a sesión íbamos comprobando cómo ese malestar que le había traído hasta mí en calidad de psicólogo iba remitiendo, consiguientemente, iba aflorando su buen humor y su distensión, y entonces sí, entonces me hablaba de forma tangencial de tratos con grandes autores, de anécdotas con grandes próceres de la política y el arte, de las condecoraciones que últimamente no paraban de otorgarle instituciones y particulares (y que a él en cierta medida le apenaban por prefigurar su ocaso), de su preciado anonimato (y allí fue cuando me dijo lo de, la Literatura no es como el cine o el rock and roll, la literatura no tiene rostro)... Y, paralelo a ese cambio sustancial en Hache, fruto de la terapia, yo notaba que otro cambio mudo iba produciéndose en mí, una suerte de vaciado indoloro, de amputación de motores de angustia, de ilusiones vanas, de promesas demenciales, una sensación inexplicable, mezcla de alivio y oquedad.
Seis meses después del inicio de su tratamiento le di el alta a Jorge Hache. Acordamos unas breves pautas de autocuidado y prevención, estrechamos nuestras manos en mi despacho. Y ahí fue cuando dijo, Estoy muy agradecido, de verdad, si hay algo que pueda hacer por ti...
Si hay algo que pueda hacer por ti... ésas fueron sus palabras exactas.
Reviví en ese momento todos y cada uno de los libros leídos y las historias imaginadas de mi existencia en un Aleph indescriptible. El tiempo se detuvo. Fue un clímax literario, si es que eso en verdad existe. Dudé, pero no dije nada. Me limité a afirmar con la cabeza, y Jorge Hache se marchó. Me quedé solo en mi despacho, mirando a la pared un buen rato, como otra pintura de Hopper, como un relato de Raymond Carver.
Al poco autoedité Respiracionistas. Me gasté mis ahorros en una edición bastante mejorable con erratas, tapa blanda y cola mal dispuesta. Una tirada de doscientos ejemplares, los repartí entre familiares, amigos y conocidos. Vendí unos cuantos en una presentación en un café literario. A mucha gente le gustó, o eso me dijeron. El grueso de la edición lo tengo aún en casa, regalo un ejemplar a las visitas. Y así quedaron disueltos mis afanes, poco más: el humo de un incendio que se desvanece en vertical.
Y así fue como vi pasar a la fortuna por mi vida, así llegué hasta donde estoy.
La última vez que lo vi fue en el Fornet, una franquicia panadera ubicada en Sarrià (cerca de mi trabajo, cerca de su casa). Me saludó él, por supuesto (por ética profesional yo no podría hacerlo), y me pidió que me sentara a su lado encarecidamente. Su mítico bastón descansaba en el paragüero y Hache tomaba una infusión, se ofreció a invitarme a lo que quisiera. Yo iba con prisa de modo que no podía aceptar. Le pregunté brevemente cómo le iban las cosas, dijo que bien, reiteró su agradecimiento, hacia mí, hacia el Centro, y luego nos dijimos ambos que estábamos contentos de habernos visto. Se hizo un silencio muy largo. Nos quedamos atascados en esa despedida, tanto Hache como yo, y fue entonces cuando dije, por fin, Le voy a contar una cosa que no sé si se la debería de contar... Usted probablemente no se acordará, pero hace casi un año que yo, antes de conocerle personalmente, de que viniera a nuestro Centro, le dejé una novela mía en su buzón... Jorge Hache emitió un suspiro extraño y dijo, Ya lo sé, ¿Lo sabía? Sí, lo sabía, su nombre estaba en los datos de contacto, y lo supuse al poco de empezar la terapia... ¡La leyó, entonces! Y Hache sonrió con afecto pero también y sobre todo con pesadumbre, como un mago obligado a explicar sus trucos, ¿Y por qué no me dijo nada? Enarcó las cejas, se encogió de hombros, extendió la palma de sus manos, todo a la vez, en un gesto de disculpa, de cortesía, de clemencia y de anhelo de comprensión, como si intentara de nuevo aferrarse a aquel vínculo ya roto definitivamente entre nosotros, “Porque era una mierda”, fue lo que dijo sin palabras. Y no hablamos mucho más. Me autorizó a escribir esta historia. Nos estrechamos las manos, nos dijimos adiós. Era mejor así.

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