Durante mucho tiempo creímos que escribir era dejar una huella, pero no una huella cualquiera: una huella individual, la prueba de que alguien había atravesado el mundo de una manera que no podía confundirse del todo con ninguna otra. Un hombre escribía una frase y aquella frase le pertenecía porque para llegar hasta ella habían sido necesarios su cuerpo, su infancia, los libros que había leído y los que había abandonado, sus muertos, las habitaciones donde había dormido, ciertas humillaciones que no había contado a nadie, las personas a las que había deseado, alguna tarde insignificante de hacía treinta años que por razones inexplicables permanecía intacta en su memoria. De toda aquella acumulación salía una frase y llamábamos voz al misterio de esa procedencia. Alrededor de ese misterio construimos también la figura del autor: alguien que estaba detrás de las palabras y respondía por ellas, alguien que podía decir, con una seguridad quizá excesiva, esto lo he escrito yo.
Ahora esa seguridad se ha vuelto difícil. No exactamente porque una máquina pueda escribir, sino porque su existencia ha venido a perturbar una sospecha mucho más íntima: que tal vez nosotros tampoco supiéramos nunca del todo en qué consistía escribir. La inteligencia artificial produce metáforas sin haber visto amanecer, puede escribir una elegía sin haber enterrado a nadie, describir el deseo sin haber deseado, redactar una carta de amor sin esperar una respuesta. Y lo inquietante no es que la máquina haya adquirido una interioridad, sino justamente lo contrario: que pueda producir algunos de los efectos que atribuíamos a la interioridad sin necesitar, aparentemente, ninguna. Una metáfora sin infancia. Una confesión sin secreto. Una nostalgia sin pasado. Algo se resquebraja ahí, porque durante siglos habíamos considerado esas formas del lenguaje como indicios de que detrás había alguien.
Pero el verdadero desasosiego empieza cuando vuelvo la mirada hacia mí. Porque yo también he sido entrenado. Me entrenaron mis padres, mi lengua, mis profesores, los libros que leí demasiado joven y los que entendí demasiado tarde, las canciones que repetí hasta desgastarlas, las conversaciones escuchadas detrás de una puerta, las películas, la publicidad, los amigos, los enemigos, las personas a las que quise parecerme y aquellas de las que huí con tanta intensidad que terminaron formando parte de mí. También yo soy una acumulación. También yo predigo palabras. También completo frases. También reconozco patrones. También llamo gusto a determinadas repeticiones y personalidad a una colección de preferencias cuya procedencia desconozco. Incluso aquello que considero más íntimo está lleno de otros. Mi voz, si existe, es una habitación abarrotada.
Y además hemos dejado durante años un rastro minucioso de nosotros mismos. Una búsqueda a las tres de la mañana, una compra, una canción escuchada quince veces, una fotografía sobre la que permanecimos unos segundos más de lo habitual, una frase escrita y borrada antes de enviarla, el rostro ante el que nos detuvimos, la noticia que no abrimos, el objeto que deseamos y finalmente no compramos. Parecían residuos y resultaron ser una biografía. Tal vez una biografía más exacta que la que escribiríamos conscientemente, porque cuando hablamos de nosotros seleccionamos, corregimos, embellecemos, mientras que el residuo no necesita construir un personaje. El dato acumula nuestras contradicciones. Decimos que somos de una manera y actuamos de otra. El dato no discute: espera. Y cuando ha esperado lo suficiente empieza a anticiparnos.
Hay algo profundamente humillante en descubrirse predecible. Creo incluso que aceptamos con mayor facilidad ser mortales que ser calculables. La muerte conserva cierta solemnidad; la estadística no. Habíamos imaginado que nuestra identidad se encontraba en algún lugar profundo, una cámara secreta a la que solo nosotros teníamos acceso, y de pronto descubrimos que quizá no fuera necesario descender a ninguna profundidad: bastaba observar durante suficiente tiempo la superficie. Quizá eso que llamábamos identidad no fuese una esencia, sino una frecuencia. La probabilidad de que yo elija esto y no aquello. La probabilidad de que una determinada palabra me conmueva, de que cierto rostro me atraiga, de que abandone un libro en determinada página, de que compre algo cuando estoy triste, de que escriba precisamente una frase como esta. El yo, aquella palabra inmensa, empieza a adquirir el aspecto inquietante de una distribución estadística.
Y, sin embargo, algo dentro de mí se rebela ante esa conclusión. No sé exactamente qué es, y quizá me interesa precisamente no saberlo. Hay una parte de mí que, al sentirse observada, quiere inmediatamente comportarse mal. Quiere hacer algo que no corresponda. Girar donde debería seguir recto. Introducir una palabra inconveniente en una frase perfectamente correcta. Reírse en un funeral, no por crueldad sino por esa misteriosa violencia del cuerpo que a veces se subleva contra las circunstancias. Comprar un objeto inútil. Defender durante cinco minutos una idea indefendible. Escribir una página magníficamente estúpida. Hay en mí una pequeña provincia que reclama el derecho a hacer el idiota.
Y empiezo a sospechar que esa provincia me importa.
Porque tal vez la libertad no se manifieste siempre en nuestros actos más inteligentes. Quizá a veces aparezca precisamente como error, extravagancia, despilfarro, contradicción. Una inteligencia orientada hacia la optimización buscará la respuesta adecuada, la continuación verosímil, la forma más eficaz, la palabra que mejor cumple una función. Pero algo en mí desea, de vez en cuando, escoger la palabra equivocada precisamente porque es la equivocada. No para demostrar nada, ni siquiera para ser original, sino por una especie de necesidad física de desviación. Quiero conservar el derecho a estropear una frase que podría haber sido perfecta. Quiero escribir alguna vez una comparación tan absurda que ningún editor sensato la dejaría pasar y que, sin embargo, al leerla piense: sí, desgraciadamente esto soy yo.
Quizá mi identidad empiece justamente allí donde dejo de comportarme de manera óptima. Esta idea tiene algo ridículo, pero también algo consolador. Durante mucho tiempo buscamos lo específicamente humano en las alturas: la razón, la conciencia, la creatividad, el lenguaje, la inteligencia. Tal vez haya que buscar también en los márgenes, en nuestras torpezas, en aquello que hacemos sin saber por qué, en la decisión absurda que contradice nuestros intereses, en el chiste que pronunciamos aun sabiendo que no tiene gracia, en la palabra que elegimos por una asociación privada que nadie más puede reconstruir, en esa clase de error que repetimos aunque conozcamos perfectamente la solución. No quiero idealizar la estupidez. Hay demasiada estupidez en el mundo como para convertirla en una virtud. Pero sí quiero reivindicar cierta capacidad para el disparate, una soberanía de lo innecesario, el derecho a no ser siempre coherente con la versión de mí mismo que los datos han construido.
Porque existe también el peligro de comenzar a parecernos a nuestra predicción. Cuando una máquina aprende quiénes somos, puede ocurrir algo más inquietante que el hecho de que acierte: podemos empezar nosotros a obedecerla. Nos recomienda la música que probablemente nos gustará, las películas que probablemente veremos, las personas que probablemente nos interesarán, las palabras que probablemente siguen a las anteriores, y poco a poco el territorio de lo probable puede confundirse con el territorio de lo posible. Terminamos viviendo dentro de una versión estadísticamente plausible de nosotros mismos. Yo escucho la música que alguien como yo escucha, leo los libros que alguien como yo lee, deseo aquello que alguien como yo suele desear, escribo las frases que alguien con mi vocabulario, mis lecturas y mis obsesiones probablemente escribiría. Y entonces aparece una pregunta casi infantil: ¿cómo demonios se sale de uno mismo?
Tal vez escribiendo.
Pero escribiendo de otra manera. No para producir un texto mejor que el que podría producir una inteligencia artificial. Esa competición me parece agotadora y probablemente absurda. Tampoco para defender una supuesta pureza humana de la creatividad: nunca fuimos puros, nunca escribimos solos, nunca inventamos desde la nada. Escribir sería ahora otra cosa: introducir pequeñas perturbaciones en la imagen que el mundo ha construido de nosotros. Desobedecer de vez en cuando a nuestro propio estilo. Hacer algo que no encaje. Permitir que aparezca una frase que nos avergüence un poco porque no se parece a lo que creemos que deberíamos escribir. Arriesgarnos incluso a ser peores.
Ser peor deliberadamente: qué extraño programa literario. Y, sin embargo, quizá haya algo allí. La máquina puede ofrecerme veinte versiones mejores de una frase. Más claras, más elegantes, más tensas, más musicales. Yo puedo leerlas y reconocer que son mejores. Pero tal vez decida quedarme con la mía porque tiene una cojera que conozco. Porque se equivoca de una manera que me resulta familiar. Porque contiene una pequeña deformidad que no quiero corregir. No porque el defecto sea necesariamente bello, sino porque me pertenece en el único sentido de pertenencia que todavía me interesa: he decidido conservarlo.
Empiezo a pensar que el estilo podría consistir precisamente en eso. No en nuestras virtudes, sino en nuestros errores persistentes. En aquello que hacemos un poco mal de una manera que nadie hace exactamente igual. Durante siglos hemos corregido a los escritores para que escribieran mejor; quizá las máquinas nos obliguen ahora a preguntarnos cuánto podemos corregir una voz antes de que deje de ser una voz. Una prosa impecable puede llegar a producir una extraña sensación de ausencia. Nada molesta, nada sobra, nada tropieza, y precisamente por eso empezamos a echar de menos a alguien.
Quiero que haya alguien.
Aunque ese alguien sea contradictorio, vanidoso, torpe, brillante durante diez segundos y estúpido durante los diez siguientes. Quiero reconocer detrás de una frase una conciencia que no controla completamente sus propios mecanismos. Alguien capaz de sorprenderse de lo que acaba de escribir. Porque tal vez ahí esté otra diferencia importante: no en producir una sorpresa para otro, sino en ser sorprendido por uno mismo.
Eso es lo que busco cuando escribo. No expresar algo que ya soy, sino encontrar algo que no sabía que estaba en mí. Si antes de comenzar conozco perfectamente lo que voy a decir, escribir pierde buena parte de su sentido. Podría dictarlo. Podría encargarlo. Podría solicitar diez versiones y elegir la mejor. Pero hay días en que quiero entrar en una frase sin saber dónde desemboca. Quiero perder tiempo. Equivocarme. Seguir una asociación que no promete nada. Pasar una hora entera persiguiendo una imagen que finalmente tendré que borrar. Desde el punto de vista de la eficiencia, todo esto es absurdo. Desde el punto de vista de una vida, quizá no.
Porque una máquina puede entregarme una frase en un segundo y yo puedo tardar tres horas. Objetivamente he perdido dos horas, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Pero durante esas tres horas ha sucedido algo difícil de contabilizar: he tenido que estar allí. He dudado, me he aburrido, he recordado algo que no venía al caso, he pensado una estupidez, esa estupidez me ha conducido inesperadamente a otra cosa, he escrito una frase, la he odiado, he vuelto a ella, he descubierto que mi rechazo escondía una intuición y al final he llegado a un lugar que no figuraba en el mapa inicial. Quizá el texto no sea mucho mejor por todo eso. Quizá incluso sea peor. Pero yo ya no soy exactamente el mismo que empezó a escribirlo.
Entonces la escritura deja de ser solamente una tecnología para producir textos y se convierte en una tecnología extremadamente lenta, cara e ineficiente para producir transformaciones en quien escribe. Uno empieza queriendo hacer un libro y termina, si tiene suerte, ligeramente alterado por el intento. Y quizá sea esa alteración la que ahora quiero defender. No el privilegio de fabricar frases, porque ese privilegio se ha terminado, sino el derecho a atravesarlas.
Tal vez por eso ya no me interesa demasiado preguntar si una máquina puede escribir. Puede. Ni siquiera me interesa especialmente preguntar si puede escribir mejor que yo. Es muy posible que pueda hacerlo en innumerables ocasiones. La pregunta que me importa es otra: ¿qué me ocurre a mí mientras escribo? ¿Qué parte de mí aparece precisamente porque no conozco de antemano el resultado? ¿Qué pensamiento habría sido imposible si hubiese aceptado inmediatamente la primera solución correcta? ¿Qué pequeña monstruosidad personal habría desaparecido si alguien hubiera optimizado mi frase?
Hay algo dentro de mí que no quiere ser optimizado.
No sé cómo llamarlo. Y en cuanto le pusiera un nombre probablemente empezaría a domesticarlo. Prefiero pensar que es una especie de animal pequeño que vive detrás del lenguaje y que de vez en cuando muerde los cables. Una parte de mí quiere todavía hacer algo inexplicable, algo improductivo, algo que contradiga incluso la imagen que yo mismo tengo de mí. Quiere escribir una frase innecesaria. Quiere cambiar de opinión a mitad de página. Quiere defender una contradicción. Quiere equivocarse con entusiasmo. Quiere meter una jirafa en mitad de un tratado sobre la muerte si, por algún motivo que no sabría justificar, esa tarde necesita desesperadamente una jirafa.
Y quizá esa jirafa sea importante.
No porque una inteligencia artificial sea incapaz de introducirla. Por supuesto que puede. Basta pedírselo. Puede introducir cien jirafas mucho más sorprendentes que la mía. La diferencia está en que yo no sabía que necesitaba una hasta que apareció.
Ese no saber me importa.
Quizá sea lo último que quiero proteger.
No una supuesta superioridad de la conciencia humana. No un alma secreta escondida en alguna región inaccesible al cálculo. No la arrogancia de pensar que existe dentro de nosotros algo mágico que ninguna máquina podrá reproducir jamás. Todo eso puede resultar ser falso. Lo que quiero preservar es más modesto y más extraño: el derecho a no coincidir enteramente con mi descripción. A que exista siempre una distancia mínima entre lo que los datos dicen que soy y lo que puedo hacer a continuación. Aunque aquello que haga sea absurdo. Sobre todo si es absurdo.
Quiero conservar la posibilidad de traicionar mi perfil.
Quizá eso sea para mí, ahora, escribir.
Traicionar mi perfil.
No ser siempre el escritor que estadísticamente soy. No escribir siempre como alguien que ha leído los libros que he leído. No pensar siempre las ideas que corresponden a las ideas que pensé ayer. Dejar una puerta abierta para que entre algo que no había sido invitado. Una equivocación. Una obscenidad. Una ternura ridícula. Una frase demasiado larga. Una palabra infantil. Un pensamiento que contradice el párrafo anterior. Una jirafa.
Y firmarlo.
Eso también es importante.
Porque quizá la autoría ya no consista en poder afirmar: nadie más habría podido producir estas palabras. Esa afirmación se ha vuelto demasiado difícil y probablemente nunca fue cierta. Quizá autor sea, simplemente, quien después de todas las influencias, todos los préstamos, todos los patrones, todas las predicciones y todas las máquinas, mira una frase y decide responder por ella.
Esta.
Precisamente esta.
Con su error.
Con su pequeña estupidez.
Con aquello que habría podido corregirse y no corregí.
Con aquello que no sé explicar.
Esto lo digo yo.
No porque haya nacido enteramente de mí.
Sino porque estoy dispuesto a dejar que me contradiga.
Y quizá la libertad sea ya solamente eso: una pequeña desobediencia dentro de la inmensa maquinaria de lo probable. Un gesto que no demuestra nada. Una desviación minúscula. El lujo de hacer algo que no nos conviene, de pensar lo que no tocaba pensar, de escribir una frase que ninguna versión razonable de nosotros mismos habría escogido.
Puede que inmediatamente después el sistema la registre. Puede que mañana esa desviación forme ya parte de mi patrón. Puede que también mi rebeldía termine convertida en dato y que la máquina aprenda que, cada cierto tiempo, necesito introducir una jirafa para sentirme libre. No importa. Entonces habrá que escapar otra vez.
Quizá ser uno mismo no sea encontrar finalmente una identidad.
Quizá sea huir de ella.
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