martes, 6 de octubre de 2026

MI IA Y YO (subyugante reflexión sobre la escritura, a cuatro manos con ChatGPT)

Durante mucho tiempo creímos que escribir era dejar una huella, pero no una huella cualquiera: una huella individual, la prueba de que alguien había atravesado el mundo de una manera que no podía confundirse del todo con ninguna otra. Un hombre escribía una frase y aquella frase le pertenecía porque para llegar hasta ella habían sido necesarios su cuerpo, su infancia, los libros que había leído y los que había abandonado, sus muertos, las habitaciones donde había dormido, ciertas humillaciones que no había contado a nadie, las personas a las que había deseado, alguna tarde insignificante de hacía treinta años que por razones inexplicables permanecía intacta en su memoria. De toda aquella acumulación salía una frase y llamábamos voz al misterio de esa procedencia. Alrededor de ese misterio construimos también la figura del autor: alguien que estaba detrás de las palabras y respondía por ellas, alguien que podía decir, con una seguridad quizá excesiva, esto lo he escrito yo.

Ahora esa seguridad se ha vuelto difícil. No exactamente porque una máquina pueda escribir, sino porque su existencia ha venido a perturbar una sospecha mucho más íntima: que tal vez nosotros tampoco supiéramos nunca del todo en qué consistía escribir. La inteligencia artificial produce metáforas sin haber visto amanecer, puede escribir una elegía sin haber enterrado a nadie, describir el deseo sin haber deseado, redactar una carta de amor sin esperar una respuesta. Y lo inquietante no es que la máquina haya adquirido una interioridad, sino justamente lo contrario: que pueda producir algunos de los efectos que atribuíamos a la interioridad sin necesitar, aparentemente, ninguna. Una metáfora sin infancia. Una confesión sin secreto. Una nostalgia sin pasado. Algo se resquebraja ahí, porque durante siglos habíamos considerado esas formas del lenguaje como indicios de que detrás había alguien.

Pero el verdadero desasosiego empieza cuando vuelvo la mirada hacia mí. Porque yo también he sido entrenado. Me entrenaron mis padres, mi lengua, mis profesores, los libros que leí demasiado joven y los que entendí demasiado tarde, las canciones que repetí hasta desgastarlas, las conversaciones escuchadas detrás de una puerta, las películas, la publicidad, los amigos, los enemigos, las personas a las que quise parecerme y aquellas de las que huí con tanta intensidad que terminaron formando parte de mí. También yo soy una acumulación. También yo predigo palabras. También completo frases. También reconozco patrones. También llamo gusto a determinadas repeticiones y personalidad a una colección de preferencias cuya procedencia desconozco. Incluso aquello que considero más íntimo está lleno de otros. Mi voz, si existe, es una habitación abarrotada.

Y además hemos dejado durante años un rastro minucioso de nosotros mismos. Una búsqueda a las tres de la mañana, una compra, una canción escuchada quince veces, una fotografía sobre la que permanecimos unos segundos más de lo habitual, una frase escrita y borrada antes de enviarla, el rostro ante el que nos detuvimos, la noticia que no abrimos, el objeto que deseamos y finalmente no compramos. Parecían residuos y resultaron ser una biografía. Tal vez una biografía más exacta que la que escribiríamos conscientemente, porque cuando hablamos de nosotros seleccionamos, corregimos, embellecemos, mientras que el residuo no necesita construir un personaje. El dato acumula nuestras contradicciones. Decimos que somos de una manera y actuamos de otra. El dato no discute: espera. Y cuando ha esperado lo suficiente empieza a anticiparnos.

Hay algo profundamente humillante en descubrirse predecible. Creo incluso que aceptamos con mayor facilidad ser mortales que ser calculables. La muerte conserva cierta solemnidad; la estadística no. Habíamos imaginado que nuestra identidad se encontraba en algún lugar profundo, una cámara secreta a la que solo nosotros teníamos acceso, y de pronto descubrimos que quizá no fuera necesario descender a ninguna profundidad: bastaba observar durante suficiente tiempo la superficie. Quizá eso que llamábamos identidad no fuese una esencia, sino una frecuencia. La probabilidad de que yo elija esto y no aquello. La probabilidad de que una determinada palabra me conmueva, de que cierto rostro me atraiga, de que abandone un libro en determinada página, de que compre algo cuando estoy triste, de que escriba precisamente una frase como esta. El yo, aquella palabra inmensa, empieza a adquirir el aspecto inquietante de una distribución estadística.

Y, sin embargo, algo dentro de mí se rebela ante esa conclusión. No sé exactamente qué es, y quizá me interesa precisamente no saberlo. Hay una parte de mí que, al sentirse observada, quiere inmediatamente comportarse mal. Quiere hacer algo que no corresponda. Girar donde debería seguir recto. Introducir una palabra inconveniente en una frase perfectamente correcta. Reírse en un funeral, no por crueldad sino por esa misteriosa violencia del cuerpo que a veces se subleva contra las circunstancias. Comprar un objeto inútil. Defender durante cinco minutos una idea indefendible. Escribir una página magníficamente estúpida. Hay en mí una pequeña provincia que reclama el derecho a hacer el idiota.

Y empiezo a sospechar que esa provincia me importa.

Porque tal vez la libertad no se manifieste siempre en nuestros actos más inteligentes. Quizá a veces aparezca precisamente como error, extravagancia, despilfarro, contradicción. Una inteligencia orientada hacia la optimización buscará la respuesta adecuada, la continuación verosímil, la forma más eficaz, la palabra que mejor cumple una función. Pero algo en mí desea, de vez en cuando, escoger la palabra equivocada precisamente porque es la equivocada. No para demostrar nada, ni siquiera para ser original, sino por una especie de necesidad física de desviación. Quiero conservar el derecho a estropear una frase que podría haber sido perfecta. Quiero escribir alguna vez una comparación tan absurda que ningún editor sensato la dejaría pasar y que, sin embargo, al leerla piense: sí, desgraciadamente esto soy yo.

Quizá mi identidad empiece justamente allí donde dejo de comportarme de manera óptima. Esta idea tiene algo ridículo, pero también algo consolador. Durante mucho tiempo buscamos lo específicamente humano en las alturas: la razón, la conciencia, la creatividad, el lenguaje, la inteligencia. Tal vez haya que buscar también en los márgenes, en nuestras torpezas, en aquello que hacemos sin saber por qué, en la decisión absurda que contradice nuestros intereses, en el chiste que pronunciamos aun sabiendo que no tiene gracia, en la palabra que elegimos por una asociación privada que nadie más puede reconstruir, en esa clase de error que repetimos aunque conozcamos perfectamente la solución. No quiero idealizar la estupidez. Hay demasiada estupidez en el mundo como para convertirla en una virtud. Pero sí quiero reivindicar cierta capacidad para el disparate, una soberanía de lo innecesario, el derecho a no ser siempre coherente con la versión de mí mismo que los datos han construido.

Porque existe también el peligro de comenzar a parecernos a nuestra predicción. Cuando una máquina aprende quiénes somos, puede ocurrir algo más inquietante que el hecho de que acierte: podemos empezar nosotros a obedecerla. Nos recomienda la música que probablemente nos gustará, las películas que probablemente veremos, las personas que probablemente nos interesarán, las palabras que probablemente siguen a las anteriores, y poco a poco el territorio de lo probable puede confundirse con el territorio de lo posible. Terminamos viviendo dentro de una versión estadísticamente plausible de nosotros mismos. Yo escucho la música que alguien como yo escucha, leo los libros que alguien como yo lee, deseo aquello que alguien como yo suele desear, escribo las frases que alguien con mi vocabulario, mis lecturas y mis obsesiones probablemente escribiría. Y entonces aparece una pregunta casi infantil: ¿cómo demonios se sale de uno mismo?

Tal vez escribiendo.

Pero escribiendo de otra manera. No para producir un texto mejor que el que podría producir una inteligencia artificial. Esa competición me parece agotadora y probablemente absurda. Tampoco para defender una supuesta pureza humana de la creatividad: nunca fuimos puros, nunca escribimos solos, nunca inventamos desde la nada. Escribir sería ahora otra cosa: introducir pequeñas perturbaciones en la imagen que el mundo ha construido de nosotros. Desobedecer de vez en cuando a nuestro propio estilo. Hacer algo que no encaje. Permitir que aparezca una frase que nos avergüence un poco porque no se parece a lo que creemos que deberíamos escribir. Arriesgarnos incluso a ser peores.

Ser peor deliberadamente: qué extraño programa literario. Y, sin embargo, quizá haya algo allí. La máquina puede ofrecerme veinte versiones mejores de una frase. Más claras, más elegantes, más tensas, más musicales. Yo puedo leerlas y reconocer que son mejores. Pero tal vez decida quedarme con la mía porque tiene una cojera que conozco. Porque se equivoca de una manera que me resulta familiar. Porque contiene una pequeña deformidad que no quiero corregir. No porque el defecto sea necesariamente bello, sino porque me pertenece en el único sentido de pertenencia que todavía me interesa: he decidido conservarlo.

Empiezo a pensar que el estilo podría consistir precisamente en eso. No en nuestras virtudes, sino en nuestros errores persistentes. En aquello que hacemos un poco mal de una manera que nadie hace exactamente igual. Durante siglos hemos corregido a los escritores para que escribieran mejor; quizá las máquinas nos obliguen ahora a preguntarnos cuánto podemos corregir una voz antes de que deje de ser una voz. Una prosa impecable puede llegar a producir una extraña sensación de ausencia. Nada molesta, nada sobra, nada tropieza, y precisamente por eso empezamos a echar de menos a alguien.

Quiero que haya alguien.

Aunque ese alguien sea contradictorio, vanidoso, torpe, brillante durante diez segundos y estúpido durante los diez siguientes. Quiero reconocer detrás de una frase una conciencia que no controla completamente sus propios mecanismos. Alguien capaz de sorprenderse de lo que acaba de escribir. Porque tal vez ahí esté otra diferencia importante: no en producir una sorpresa para otro, sino en ser sorprendido por uno mismo.

Eso es lo que busco cuando escribo. No expresar algo que ya soy, sino encontrar algo que no sabía que estaba en mí. Si antes de comenzar conozco perfectamente lo que voy a decir, escribir pierde buena parte de su sentido. Podría dictarlo. Podría encargarlo. Podría solicitar diez versiones y elegir la mejor. Pero hay días en que quiero entrar en una frase sin saber dónde desemboca. Quiero perder tiempo. Equivocarme. Seguir una asociación que no promete nada. Pasar una hora entera persiguiendo una imagen que finalmente tendré que borrar. Desde el punto de vista de la eficiencia, todo esto es absurdo. Desde el punto de vista de una vida, quizá no.

Porque una máquina puede entregarme una frase en un segundo y yo puedo tardar tres horas. Objetivamente he perdido dos horas, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Pero durante esas tres horas ha sucedido algo difícil de contabilizar: he tenido que estar allí. He dudado, me he aburrido, he recordado algo que no venía al caso, he pensado una estupidez, esa estupidez me ha conducido inesperadamente a otra cosa, he escrito una frase, la he odiado, he vuelto a ella, he descubierto que mi rechazo escondía una intuición y al final he llegado a un lugar que no figuraba en el mapa inicial. Quizá el texto no sea mucho mejor por todo eso. Quizá incluso sea peor. Pero yo ya no soy exactamente el mismo que empezó a escribirlo.

Entonces la escritura deja de ser solamente una tecnología para producir textos y se convierte en una tecnología extremadamente lenta, cara e ineficiente para producir transformaciones en quien escribe. Uno empieza queriendo hacer un libro y termina, si tiene suerte, ligeramente alterado por el intento. Y quizá sea esa alteración la que ahora quiero defender. No el privilegio de fabricar frases, porque ese privilegio se ha terminado, sino el derecho a atravesarlas.

Tal vez por eso ya no me interesa demasiado preguntar si una máquina puede escribir. Puede. Ni siquiera me interesa especialmente preguntar si puede escribir mejor que yo. Es muy posible que pueda hacerlo en innumerables ocasiones. La pregunta que me importa es otra: ¿qué me ocurre a mí mientras escribo? ¿Qué parte de mí aparece precisamente porque no conozco de antemano el resultado? ¿Qué pensamiento habría sido imposible si hubiese aceptado inmediatamente la primera solución correcta? ¿Qué pequeña monstruosidad personal habría desaparecido si alguien hubiera optimizado mi frase?

Hay algo dentro de mí que no quiere ser optimizado.

No sé cómo llamarlo. Y en cuanto le pusiera un nombre probablemente empezaría a domesticarlo. Prefiero pensar que es una especie de animal pequeño que vive detrás del lenguaje y que de vez en cuando muerde los cables. Una parte de mí quiere todavía hacer algo inexplicable, algo improductivo, algo que contradiga incluso la imagen que yo mismo tengo de mí. Quiere escribir una frase innecesaria. Quiere cambiar de opinión a mitad de página. Quiere defender una contradicción. Quiere equivocarse con entusiasmo. Quiere meter una jirafa en mitad de un tratado sobre la muerte si, por algún motivo que no sabría justificar, esa tarde necesita desesperadamente una jirafa.

Y quizá esa jirafa sea importante.

No porque una inteligencia artificial sea incapaz de introducirla. Por supuesto que puede. Basta pedírselo. Puede introducir cien jirafas mucho más sorprendentes que la mía. La diferencia está en que yo no sabía que necesitaba una hasta que apareció.

Ese no saber me importa.

Quizá sea lo último que quiero proteger.

No una supuesta superioridad de la conciencia humana. No un alma secreta escondida en alguna región inaccesible al cálculo. No la arrogancia de pensar que existe dentro de nosotros algo mágico que ninguna máquina podrá reproducir jamás. Todo eso puede resultar ser falso. Lo que quiero preservar es más modesto y más extraño: el derecho a no coincidir enteramente con mi descripción. A que exista siempre una distancia mínima entre lo que los datos dicen que soy y lo que puedo hacer a continuación. Aunque aquello que haga sea absurdo. Sobre todo si es absurdo.

Quiero conservar la posibilidad de traicionar mi perfil.

Quizá eso sea para mí, ahora, escribir.

Traicionar mi perfil.

No ser siempre el escritor que estadísticamente soy. No escribir siempre como alguien que ha leído los libros que he leído. No pensar siempre las ideas que corresponden a las ideas que pensé ayer. Dejar una puerta abierta para que entre algo que no había sido invitado. Una equivocación. Una obscenidad. Una ternura ridícula. Una frase demasiado larga. Una palabra infantil. Un pensamiento que contradice el párrafo anterior. Una jirafa.

Y firmarlo.

Eso también es importante.

Porque quizá la autoría ya no consista en poder afirmar: nadie más habría podido producir estas palabras. Esa afirmación se ha vuelto demasiado difícil y probablemente nunca fue cierta. Quizá autor sea, simplemente, quien después de todas las influencias, todos los préstamos, todos los patrones, todas las predicciones y todas las máquinas, mira una frase y decide responder por ella.

Esta.

Precisamente esta.

Con su error.

Con su pequeña estupidez.

Con aquello que habría podido corregirse y no corregí.

Con aquello que no sé explicar.

Esto lo digo yo.

No porque haya nacido enteramente de mí.

Sino porque estoy dispuesto a dejar que me contradiga.

Y quizá la libertad sea ya solamente eso: una pequeña desobediencia dentro de la inmensa maquinaria de lo probable. Un gesto que no demuestra nada. Una desviación minúscula. El lujo de hacer algo que no nos conviene, de pensar lo que no tocaba pensar, de escribir una frase que ninguna versión razonable de nosotros mismos habría escogido.

Puede que inmediatamente después el sistema la registre. Puede que mañana esa desviación forme ya parte de mi patrón. Puede que también mi rebeldía termine convertida en dato y que la máquina aprenda que, cada cierto tiempo, necesito introducir una jirafa para sentirme libre. No importa. Entonces habrá que escapar otra vez.

Quizá ser uno mismo no sea encontrar finalmente una identidad.

Quizá sea huir de ella.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

El Canto Cósmico de Ernesto Cardenal

                                             ... Las estrellas son mujeres

                                                                 que por la noche encienden fuegos helados...

viernes, 7 de febrero de 2025

LA ALQUIMIA IMPREVISTA

Ayer saqué de la biblioteca municipal una biografía de Karl Marx, un tocho de quinientas páginas con letra pequeña. No se por qué lo hice, enseguida me arrepentí. Pero le di una oportunidad y me llevé dos sorpresas: la primera de ellas fue que la vida del célebre adalid del comunismo resultaba interesantísima narrada por Francis Wheen, escritor notable (terminé el libro completo en menos de un día), y la segunda ha sido este hermoso poema que alguien, probablemente otro/a lector/a anterior de la biblioteca municipal, dejó escondido entre las páginas del ladrillo marxista.

El arte, el amor y la justicia, qué más se puede pedir.

sábado, 7 de septiembre de 2024

infinito Borges

Otra costumbre de la tribu son los poetas. A un hombre se le ocurre ordenar seis o siete palabras, por lo general enigmáticas. No puede contenerse y las dice a gritos, de pie, en el centro de un círculo que forman, tendidos en la tierra, los hechiceros y la plebe. Si el poema no excita, no pasa nada; si las palabras del poeta los sobrecogen, todos se apartan de él, en silencio, bajo el mandato de un horror sagrado (under a holy dread). Sienten que lo ha tocado el espíritu; nadie hablará con él ni lo mirará, ni siquiera su madre. Ya no es un hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo. El poeta, si puede, busca refugio en los arenales del Norte.

BANGKOK


martes, 30 de julio de 2024

Rodrigo García, Aproximación a la idea de desconfianza

Una vez me marché de un hotel sin gastar todos los frasquitos de gel y de champú que ponen en los hoteles (lo que se dice exprimir hasta la última gota de cada frasquito y otras cosas que te ponen en los hoteles para ser exprimidos, ya que al final te los cobran) y lloré durante semanas.

La tristeza aparecía no sin motivo. Aparecía por NO HABER LLEGADO HASTA EL FINAL de cada cosa que me he cruzado.

Da igual si el cuerpo de un amante, un libro, un paseo en el monte por la noche sin ayuda de las estrellas o los putos frasquitos.

Hay que agotar lo percibido y en esa tarea agotarte y no tener miedo de palmar con las manos en la masa, cardíaco: morir con las manos sucias y cuanto más irreconocibles los jugos, la materia, mejor, por asquerosos y excitantes.

domingo, 14 de julio de 2024

DEMENCIA O POSVERDAD, THAT IS THE QUESTION


Que el ruido forma parte consustancial de internet es algo de sobra conocido y estudiado. La ingente cantidad de discursos paralelos que alberga la red de redes ofrece un marco de expansión ideal para el relativismo negacionista, la desinformación autorreferencial, los bulos sostenidos y, en suma, la llamada posverdad. Terraplanismo, reptilianos, fumigación conspiranoide... ¿Existe el Covid, el cambio climático, ocurrió el Holocausto? Todo o nada puede ser verdad, o mentira, llegado el caso. "Nos engañan". ¿Quienes?, ¿por qué?, ¿para qué? No lo sabemos y no nos hace falta saberlo: desconfiar nos empodera. De creerlo todo hemos pasado a no creernos nada. Por supuesto, ese vacío de una versión colectiva firme ha sido utilizado convenientemente por empresas multinacionales, con fines lucrativos, y por gobiernos y administraciones públicas, con fines espurios. Donald Trump es un ejemplo perfecto de ambos casos. Donald Trump es la personificación de la sociedad del espectáculo americana, y su éxito es el éxito de un sistema global de fuegos artificiales que nada le debe a los rigores metodológicos de una verdad compartida: su justificación está en su propio éxito, como una infinita petitio principii. En el maquiavélico reino de los sofistas en el que vivimos, la retórica sostiene lo que le echen. Y de cualquier cosa se puede hacer un discurso. Pues bien, ahora al tipo van y le disparan. En un mitin, en Pensilvania. Donald Trump, arengando a la clase media americana, con su gorra roja, y un francotirador va y le dispara. La oreja se le queda como a Van Gogh, porque al parecer el asesino ha fallado el tiro (y es abatido al acto por las fuerzas de seguridad republicanas). Trump eleva el puño en señal de victoria, la bandera en el fondo, "con él no podrán", y la masa le aplaude. Se multiplican los sondeos a su favor. En efecto, podría pensarse que ha sido una perfomance, un montaje. Podría afirmarse con cierta verosimilitud que no fue un atentado sino un ardid publicitario, que todo estaba preparado. Incluso podría pensarse también que la trama es tan burda y tan simple que no, que tiene que ser real por fuerza, hay muertos, hay sangre, y los guionistas de Trump son mejores que eso. Como en una de esas pelis enrevesadas cuyo argumento se va complicando hasta niveles absurdos, imposibles de seguir, como muñecas matrioskas de un juego que poco a poco va perdiendo la gracia... Se diría que le pasará como a aquel pastor del cuento, que de tanto mentir ya nadie le creerá. Puede ser. Pero dudo mucho que a estas alturas de la película eso importe. Lo que importa es la foto, el relato, el ruido.

domingo, 29 de octubre de 2023

hace 4.000 años, en Mesopotamia

 "¡Oh Gilgamesh! ¿Por qué vagas de un lado a otro?

No alcanzarás la vida que persigues.

Cuando los dioses crearon a los hombres

decretaron que estaban destinados a morir,

y han conservado la inmortalidad en sus manos.

En cuanto a ti, oh Gilgamesh, llénate la panza;

parrandea día y noche;

que cada noche sea una fiesta para ti;

entrégate al placer día y noche;

ponte vestiduras bordadas,

lávate la cabeza y báñate,

regocíjate contemplando a tu hijito que se agarra a ti.

alégrate cuando tu esposa te abrace..."

jueves, 7 de septiembre de 2023

martes, 11 de abril de 2023

"Como testimonio personal de una experiencia deslumbrante, la paternidad, se alza este poemario, Canto para Aday, mezcla de himno, conjuro y arenga enamorada, que recorre por diferentes caminos esa suerte de proceso de presentación de la realidad que supone el ser padre: y el poeta nos ofrece, así, un prolijo inventario de maravillas (agrupadas en los cuatro elementos clásicos de la naturaleza), además de ciertos hitos fascinantes a modo de brújula compartida... Un poemario que trasciende su germen y se erige, finalmente, como una exhortación emocionante y desacomplejada de la gran fiesta de la vida."

miércoles, 16 de noviembre de 2022

ENTES SUBLIMES

Un mago misterioso

que nadie había visto nunca (y que por eso mismo era misterioso)

pero tú sí sabías: era rosa

con cuernos

y tenía barba larguísima

como una anaconda,

veloz como un guepardo,

¡su mascota era un cocodrilo!

misterioso (nadie lo había visto nunca) repetías

y movías las manitos

en la oscuridad

para darle exactitud a tus palabras con un gesto

de apresar

ese fulgor

de lo invisible

                          de tus premoniciones

                                                      de tus indagaciones

de ese ente sublime que estabas creando entre susurros

¿era bueno o era malo?, divagabas

retóricamente, y te contestabas,

que no lo sabías, que nadie había visto nunca a

ese mago misterioso

que anoche

te abrió la puerta

de los sueños

jueves, 6 de octubre de 2022

Justin E. H. Smith

¿Qué tienen de irracional los sueños, aparte de no ser la realidad, aparte de ser, en efecto, el producto de una alucinación? Desde una concepción influyente, la geometría tampoco es la realidad, en la medida en que sus objetos -triángulos, círculos, etc.- no son objetos físicos del mundo sino entidades ideales. La geometría, entonces, trata de entidades que están "en la cabeza" no menos que los sueños. Sin embargo, la geometría a menudo se considera la expresión más pura y perfecta de la racionalidad, mientras que los sueños son un terreno abierto al desenfreno de la sinrazón. De aquí se deduce que la racionalidad, sea lo que fuere, no puede girar en torno a una correspondencia correcta o precisa con el mundo "real".

miércoles, 18 de mayo de 2022

HOMENAJE A JOSÉ CARLOS CATAÑO

(texto para la mesa redonda "Identidad y Estrangeridad", El cónsul del Mar del Norte, Homenaje a José Carlos Cataño, ACEC y Fundació Joan Brossa)

Shalom, bona tarda, buenas tardes a todos/as,

Redacto estas líneas para el homenaje a mi buen amigo José Carlos Cataño aún en la perplejidad de su marcha, aunque hayan transcurridos tres años. Empiezo por el final, si es que eso del final existe, porque aún sigo sin aceptar ese arcano indescifrable de su despedida repentina. Continúo como a la espera de volver a quedar con él y ajustar todo lo que está ocurriendo con él mismo... Pero bueno, tampoco me voy a extender mucho más en esta línea, tan solo quería contextualizar un poco mi punto de vista hoy, aquí, cuando escribo estas líneas y cuando las leo, un punto de vista emocional, y emocionado.

Pero volvamos a eso que llaman el principio.

La primera vez que conocí José Carlos fue en la plaza de Lesseps (él estaba ahí puntual, con su reloj de bolsillo, y cargando innumerables periódicos del día y dos o tres libros de los Encantes). Me había dado su contacto un amigo común escritor, de Tenerife, dándome todas las mejores referencias literarias de un autor consagrado como él. Yo tenía apenas 19 añitos. Él estaba terminando Los que cruzan el mar. En fin, aquello fue un poco amor a primera vista, al menos por mi parte, aquella estampa suya impecable de diplomático, aquella estela mística que le perseguía como una sombra… pero sobre todo aquella sencillez y aquel afecto tan reconocible por mí en un lugar tan lejano para nosotros de la isla que nos había visto nacer… Porque José Carlos, en definitiva, y bajo todo el porte de “poeta disfrazado de hombre”, como alguien le llamó alguna vez, era una persona profundamente sensible y amorosa con la gente que apreciaba. Y yo creo que tuve la fortuna de estar entre ellos.

Fueron casi veinte años de amistad ininterrumpida.

Conmigo fue generosísimo, extraordinariamente afectuoso y empático, una especie de maestro o de padre putativo. Nuestra diferencia de edad forjó un tipo de amistad muy particular. Me ayudó en lo personal, escuchándome sin juzgar, tan solo estando ahí, acompañándome en los vericuetos sentimentales y vocacionales de mi paso a la adultez, y a nivel literario, también, a través de lecturas, de guías, de pequeños consejos (muy pequeños, porque, insisto, no le gustaba nada adoctrinar, era más bien por modelaje que iba yo tomando notas), fue extremadamente benévolo con mis primeros pinitos literarios, rescatando lo positivo para animarme a seguir… Y el caso es que en la práctica las fronteras entre una cosa y la otra, o sea entre lo vital y lo literario, eran casi inexistentes. Era todo muy “escrivivido”.

Admiré profundamente su figura de guanche desterrado, alma judía y lengua de Rimbaud, fue como un padre para mí en Barcelona.

Y también una especie de anhelado espejo de futuro.

No tengo más que amor y devoción para él.

Pero volvamos, una vez más, a ceñirnos a la dimensión que me coloca hoy en este lugar, que no es otra que la identidad isleña, o canaria, si se quiere, a propósito de la “Identidad y Estrangeridad” que reza el título de esta mesa redonda.

Y me gustaría citar un pasaje de su obra, para empezar:

La noticia de tercera en un diario de la Península, aquí ocupa la primera plana del periódico, y viceversa. Las mil y una cretineces insulares, la demencial inquina entre las Islas, propician la apariencia de remanso, pero de pronto, sin lógica ninguna, vierte el vómito el descerebrado de turno. Éste es el tipo de prensa que alimenta las “opiniones” de los de aquí, en un reino de mentalidad frailesca que se revela incluso en los partidarios del laicismo y del progreso. Observen sus gestos ufanos, sus retacas manecillas, sus pechos henchidos. Observen sus vestidos, las damas de mirar severo, las estúpidas osamentas. Y las comparsas de militares, médicos, abogados... ¡Cómo no va a ser ésta la tierra prometida de los surrealistas!

(Los que cruzan el mar).

 

Bueno, pues ese es el mundillo del que vinimos José Carlos y yo. Vinimos de él pero lo trajimos con nosotros, evidentemente. De hecho, su mundillo se llevaba casi tres décadas con el mío, y diferían además en unos siete kilómetros, que son los que separan a Santa Cruz de Laguna, pero bueno, esas diferencias, que en aquellos lares son antagonismos shakesperianos, a nosotros nos sazonaba el conjunto y nos daba para mil y una bromas y complicidades. O sea, que veníamos del mismo mundillo, en definitiva. Y lo compartimos aquí, entre nosotros. Lo tratamos incesantemente, unas veces con severidad despechada, como en este fragmento que les leí antes, otras veces con una nostalgia desmedida y absolutamente irracional, como a veces también pertoca, y la mayoría de las veces como el lado hundido del iceberg, como refiriéndonos a un fantasma común: porque eso fue lo que compartimos José Carlos y yo al respecto, fantasmas.

Otra cita más suya, como un aforismo condensatorio:

Mi madre, queriendo desvanecer mis ilusiones, frente a la dulcería La Princesa, en la calle de la Carrera: “Los artistas nunca están satisfechos”.

 (Los que cruzan el mar).

 

En fin. Pasábamos horas hablando de personas de allá, poetas, escritores, ensayistas, editores, artistas, borrachos, políticos, y todos ellos imbuidos en una misma trama común, una especie de hermandad literaria isleña (hermandad caníbal, por supuesto) con algunos miembros bajo la etiqueta del exilio (entre los cuales nos encontrábamos él y yo), sospechosos de expulsión, por así decirlo, malditos, en cierta manera, lo cual no dejaba de tener su encanto, y en el seno de esa hermandad, como decía, las mil y una disputas y tramas enlazadas en forma de antologías, favores o descréditos editoriales, invitaciones o vetos a Congresos o Lecturas, espectáculos etílicos más o menos poéticos o patéticos, afinidades de estilo, evaluaciones sintéticas y grandilocuentes o despechadas de las obras de los demás: fantasmas comunes, insisto, una suerte de hermandad isleño poética de la que José Carlos de alguna manera me ungió como miembro en aquellos años (bajo la autoridad del derecho del tiempo y la desmesura vocacional suya, como miembro de honor), y me gusta pensar que aún pertenecemos a ella.

Dicho esto, evidentemente, no nos referíamos solo a personas reales cuando evocábamos aquel universo conjunto, también hablábamos de personajes históricos, leyendas guanches, curiosidades identitarias, complejos atávicos, muchos complejos atávicos de la canariedad que anidaban también en nosotros, palabras y dejes de allí, filología canaria, si se quiere, genero al borde mismo del sentido… y todo este batiburrillo confrontado al entorno que nos envolvía, éste, Cataluña, con sus visicitudes también históricas, lingüísticas, políticas, etc.

José Carlos y yo compartimos una misma distancia desde la que ver una cierta realidad.

Decía Yeats que él no era nacionalista sino en Irlanda, y por motivos superficiales. Para que se me entienda sobre el asunto, diré que las palabras de Yeats en mí deberían leerse al contrario.

(Los que cruzan el mar).

 

En esas coordenadas nos movimos.

Y todo esto, que no pasan de ser unas apreciaciones de corte personal, emocional, como ya dije, podría extenderse con más rigor a su obra. No ha habido ningún crítico ni ningún lector que no se haya acercado a la obra de José Carlos y no haya constatado la presencia de ese influjo que él sabía rescatar y matizar con el brillo inigualable de su talento. Revestida de mil y una formas, sublimada en otras islas más o menos lejanas y exóticas, obviada, explicitada, enterrada, redimida, en fin, la isla, nuestra isla, siempre estuvo ahí, como un cuño incandescente.

Dicho todo esto, hay que decir también: yo a veces le noté hastiado del tema o simplemente más interesado en otros. Sobre todo en los últimos años, como si hubiera ya zanjado todo lo que tenía que zanjar. Otra cita:

La patria no se encuentra en la infancia. La patria no se encuentra en el lenguaje. La patria no se encuentra en los libros que uno ha ido reconquistando. La patria no se encuentra. Está bien que nunca se encuentre la patria.

(La próxima vez)

 

La última vez que nos vimos, que como digo, por algún grotesco mecanismo de defensa mío no acabo de comprender que sea la última, nos vimos en el Turó Park, y le llevé a mi primer hijo, recién nacido, para que lo conociera. Aday, de nombre guanche, catalán y judío. José Carlos y yo suspiramos felices aquel día, fascinados ante la inspiración del destino. Y hablamos de lo isleño, para variar, como una magia virtuosa o una condena aciaga o todo junto pero que se cortaba ya, en cualquier caso, apreciamos que se extinguía en ese eslabón que éramos nosotros, que aparentemente no iba a continuar a través nuestra o al menos que no lo iría a hacer con tanta visceralidad… entre el alivio y la morriña. Y recuerdo que él me dijo que estaba en paz.

Que si fuera por él lo vendería todo ese mismo día y se iría a vivir a la Punta de Hidalgo… pero que no lo iba a hacer.

Y que era mejor así.

Que estaba bien todo como estaba.

Así que nada, seguimos su trazo, como siempre,

Qué grande la Isla que parece haber existido sólo en sueños...

(Los que cruzan el mar).

domingo, 7 de noviembre de 2021


Hola, buenas tardes a todos/as.

En el momento de escribir estas líneas para presentar Idealistas (la casta del orgasmo), en 2021, casualmente, me sobrevienen una serie de circunstancias personales en cierta manera parecidas a las que tuvieron lugar en el momento del inicio de su escritura, hace cuatro o cinco años, aproximadamente. Una muerte y un nacimiento. Muy cerca de mí. Esas fueron las claves que abrieron las puertas de esta historia, en su momento, y estas son las circunstancias similares que ahora también me toca atravesar. Una muerte y un nacimiento, muy cerca de mí. Dos caras de una misma moneda, se puede decir, simplificando un poco frívolamente, pero son dos sensaciones completamente opuestas de experimentar cuando las vives en tu entorno. Mi intención, en cualquier caso, no es llevar estas líneas por esos derroteros tan ambiciosos y delicados sino explicar un poco sobre mi novela, y aquí es donde converge esa génesis contextual de la que les hablo y la temática de Idealistas (la casta del orgasmo): la familia. Porque este libro que les quiero presentar hoy es, en esencia, una historia de familia, una saga familiar.

Hace poco me hicieron escribir en una sola línea la sinopsis de mi libro, por una cosa de publicidad de la editorial, y escribí lo siguiente:

“Una epopeya familiar sobre la fuerza del amor panteísta”.

Me explico.

Esta novela mía es la historia de tres generaciones de una misma familia. Tres generaciones que tienen tres realidades bien distintas. Y esas serán las tres partes en las que se divide la obra.

¿De dónde nace esta estructura, este interés intergeneracional?

Cualquiera lo habrá vivido alguna vez: hablar con sus abuelos y darse cuenta de lo absolutamente distinta que fue su realidad. Yo recuerdo, por ejemplo, de intentar hacerle entender a mi abuelo lo que era internet. Era imposible. Yo tampoco sabía explicarlo muy bien, la verdad, y de hecho al intentarlo me daba cuenta de que en el fondo no “conocía” internet a un nivel profundo, ontológico, si se quiere, un poco pedantemente. Mi abuelo, de todos modos, me miraba más intrigado en por qué demonios yo necesitaba explicarle aquello de internet que por lo que era en sí internet. En fin.

Con mi hijo también me pasa. Mi hijo ahora me pregunta por el meteorito que extinguió a los dinosaurios. Por su origen. Y yo me retrotraigo hasta el Big Bang y las causas últimas de la física newtoniana (si es que existen) y mi hijo me escucha y con sus tres añitos parece que comprende mejor el límite del conocimiento humano y de las cosas en general que yo mismo.

En definitiva, sus realidades, la de mi abuelo, su lugar de residencia, su realidad histórica, económica, social, personal, fue completamente distinta a la que probablemente es y será la de mi hijo, por poner un ejemplo. Pues bien, esa idea de una misma línea genética que fluye a través del tiempo y de las circunstancias es el núcleo que a mí me intrigaba cuando se empezó a gestar este libro, era lo que me daba la pujanza para plantearme esta novela: esa conexión intergeneracional.

Y pensaba: ¿qué es lo que nos une?

¿La sangre solo?, no. No me bastaba como respuesta la línea del ADN, la genética compartida. Una familia es algo más que esa base biológica: es algo esencialmente intencional. La familia es algo abierto, o puede serlo, al menos, y a mí me gusta pensarlo así.

Entonces, ¿qué es lo que nos une, decíamos, a los miembros de las distintas generaciones de una misma familia?

Pues esa es la pregunta fundamental del libro que nos reúne aquí esta tarde.

Como dicen los políticos, “me alegra que me hayan hecho esta pregunta”.

Pues bien, indagando e indagando a mí solo se me ocurría (y creo que aún no tengo una solución mejor) que el amor.

EL AMOR.

Suena cursi, pero aquí hay que hacer un poco de abstracción y no aferrarse a alguna acepción concreta del amor.

Hay mil maneras de nombrar a ese pegamento de nuestra especie que llamamos amor, dependiendo del idioma con el que nos expresemos. Y la forma concreta de su configuración y de su despliegue, ya sea en una obra de arte, en la consulta de un psicoanalista o en un trabajo científico... Bueno pues la configuración y el despliegue aquí, en este caso, es el de la poesía. Con toda la amplitud que a su vez eso conlleva.

Obviamente es una opción estética, y también una manera de entender la existencia misma, y de intentar practicarla, claro.

El amor, entendido así, es el fuego de la antorcha que nos pasamos los miembros de las distintas generaciones de una familia.

Un amor amplio, expansivo, que lo abarca a todos, a todas y a todo. Un amor poético, en definitiva, que mana sin cesar hacia ningún lugar concreto sino más bien hacia todos los lugares, una fuente incesante de energía positiva.

Esa quimera.

Esa utopía.

Ese es el leit motiv de esta novela.

La eterna fuerza del bien.

El orgasmo, en esta línea, no es más que un recurso literario, es un reclamo material de toda esa fuerza del bien de la que hablamos. Es un símbolo provocador que quiere retar un poco al lector para hacerle volar.

A partir de aquí, de todo esto que estoy explicando, se entiende mi novela: porque su intención es la de expresar esa unión entre tres generaciones tan dispares.

Y a mí me gustaría compartir con ustedes, para empezar a hacer hablar ya un poco al libro, un fragmento de Idealistas (la casta del orgasmo), sobre esto que estamos diciendo:

(Página 36).

 

Vale, menos poesía ahora, más narrativa.

Como sabrán, una manera de desglosar a las creaciones artísticas narrativas en general, ya sean películas, cómics, series, libros o lo que sea, es según los elementos que la componen: su argumento, sus personajes, su atmósfera... Pues bien, todo lo que les he dicho hasta ahora es relativo a la temática y a la atmósfera, que, dicho sea de paso, es para mí una de las cosas más imperecederas de una obra de arte, lo más trascendente, lo que te hace vuelvas a querer repetirla, a pensarla, a vivirla incluso… Sea como sea, hablemos ahora un poco de la historia y de los personajes. Más allá de lo conceptual, qué es lo que cuenta esta novela, qué personajes hay, dónde transcurre, qué es lo que pasa…

A ver, la novela está nítidamente estructurada en tres partes que son, como ya hemos dicho, tan distintas como las generaciones que las protagonizan. Son casi tres novelas en una, pero conectadas, claro.

Tres partes que son pasado, presente y futuro de esa gran familia de los Idealistas.

La primera parte es la del fundador. Un viejo patriarca que se dedica a contarnos sus vidas pasadas desde una terraza con vistas al mar de su adorada isla (isla cuyo nombre no se llega a mencionar en ningún momento pero que tampoco es necesario ser un detective perspicaz para situar como Tenerife). Esas vidas pasadas del patriarca son existencias suyas en el pasado, fabulaciones históricas que este señor mayor nos cuenta, con todo lujo de detalles, y que poco a poco van esbozando la esencia de esa isla y la suya propia:

Un aborigen guanche, espectador impotente del exterminio de su pueblo a manos de los conquistadores castellanos. Esa por ejemplo es la primera vida que evoca.

Un pirata sanguinario, conocido en las crónicas por su proverbial fealdad, por ser feísimo (Cabeza de Perro era su sobrenombre, personaje histórico perfectamente documentado, algunos de ustedes lo conocerán). Esa es otra vida.

Un boxeador, Sombrita, otro personaje histórico real, que llegó a campeón de Europa, y que se dice que no pegaba nada, que sus golpes eran débiles y no tenían fuerza, pero que su esquiva invencible, que no le alcanzaban, no le tocaban, como un mago.

Una tortuga, también. Una vida pasada como animal, como una tortuga de tierra. Concretamente, la tortuga de un General del siglo XVIII, sobradamente conocido por los tinerfeños, el General Gutiérrez, que armó la defensa de Santa Cruz contra el ataque de Nelson.

Y un poeta, cómo no. El patriarca nos cuenta su otra vida como poeta. Un poeta realvisceralista, de los de botella en mano, escritura en servilletas, bolsillos vacíos de dinero, un poeta maldito de los de siempre…

Todas estas vidas pasadas que nos cuenta el patriarca, que transcurren efectivamente en su isla, y se intercalan en el tiempo, pretenden, por supuesto, tener un carácter universal. O sea, que cualquiera creo que puede comprenderlas, disfrutarlas, empatizar con ellas y vislumbrarlas, en definitiva, participar de ellas sin conocer un ápice de Tenerife. Al menos así he tratado yo de escribirlas.

Y estas vidas pasadas del patriarca también son como muñecas matrioskas: son historias dentro de una gran historia de es la suya propia, la del patriarca, que, a su vez, es la gran historia de la familia que él funda, la de los Idealistas.

 

El relevo de la novela, en la segunda parte, lo toma su nieto, el nieto de patriarca.

La realidad en este mundo ya ha cambiado completamente.

Y la narración también.

Del pasado nos vamos al presente, a la deslavazada y caótica postmodernidad. A las circunstancias históricas de la generación de la crisis financiera, del estancamiento (tal vez colapso) del estado de bienestar, la de las dudas vitales y las quejas de los indignados del primer mundo, la del horizonte expoliado y los progresos vertiginosos a nivel social que a veces nos dejan retratados intentando seguirlos... La del envejecimiento demográfico, también. La del nomadismo hedónico, no forzado, como era antes. La del turismo exacerbado, las Lonely Planets, los vuelos baratos de RyanAir... La cultura de la velocidad. Y una realidad concreta de esta generación: las habitaciones de los pisos de alquiler. Ese puente nuevo entre el vivir con los padres y el vivir en pareja o solo, un puente que muchos se han saltado, por supuesto, y que otros han tomado hasta el fin de sus días, también, pero que ha tenido un boom insólito en estos tiempos, sobre todo en ciudades grandes con grandes especulaciones inmobiliarias donde también se ha concentrado más la oferta de trabajo.

Pues bien, en estos pisos de alquiler es en donde se irán desplegando, en esta segunda parte de la novela, una cantidad ingente de personajes estrambóticos, de todo tipo, de toda naturaleza, con todo tipo de problemas, de orígenes, de intereses, de transformaciones, de destinos, en suma.

Madrid, Barcelona, Lisboa, Londres, esos son los escenarios de estas aventuras y desventuras vertiginosas llenas de la desmesura de los años fuertes de sus protagonistas.

Es aquí, en esta parte de la novela, donde la historia se expande en horizontal.  Es la parte más extensa, más larga, de hecho.

Como esos solos de los jazzistas en que divagan en libertad hasta lugares ignotos para luego regresar a la melodía en la parte final de la pieza, así van pasando la multitud de historias que componen esta parte de la novela.

Es la parte más ambiciosa y la más dispersa para el lector, supongo, pero creo que puede ser también la más entretenida, si se quiere, porque no paran de suceder cosas, cosas significativas y pretendidamente sugerentes.

La familia de los Idealistas lo que hace aquí, como digo, es expandirse de manera voluntaria, no genética, de manera inabarcable casi (aunque cada historia está hilvanada a conciencia, los lectores minuciosos quedarán satisfechos porque cada personaje tiene su trayecto cuidado, aunque también los que quieran hacer una lectura más evocativa y abierta, atmosférica, la pueden hacer sin errar al menos en mis objetivos como autor): sea como sea, todos estos personajes con sus historias que van deambulando por esos pisos de alquiler irán conformando esa estirpe, esa casta, ese modo de hacer, de pensar, de existir… de relacionarse.

 

Luego viene ya la tercera y última parte de la novela, el regreso del solo de jazz a la melodía.

Esta tercera y última parte supone, en gran medida, la clave para interpretar toda la obra.

Es el tiempo del futuro.

Es el futuro en boca de la bisnieta del patriarca (la hija del nieto), que no nos habla desde cualquier sitio, además, sino que lo hace desde el mismísimo útero de su madre, antes de nacer.

Nos habla una criatura aún en la barriga de su madre.

Es la voz de lo que está en potencia, del porvenir.

Y nos da, como digo, las claves definitivas para poder cerrar esta historia: el destino de sus protagonistas, los últimos giros narrativos, convergencias de los personajes, entrecruzamientos argumentales, en fin, el desenlace. Pero también, y sobre todo: el verdadero sino de esta novela, la vida.

Cito a Edmund Husserl, en sus “Investigaciones Lógicas”: “nada tiene valor y significado absoluto más que la vida; todo el resto, el pensamiento, la poesía, el saber, solo valen en la medida en que de algún modo se refieran a la vida, procedan de ella y tengan la intención de retornar a ella”.

Pues eso.

 

Y esto es un poco lo que yo tenía preparado para compartir con ustedes hoy. Una especie de introducción, una divagación quizás demasiado sesuda y teórica (cosa que tampoco es el tono de la novela, tranquilos: ya verán que les resulta bastante más animada y llevadera que este rollo que les he metido hoy, espero).

En cualquier caso, este libro a partir de ahora ya les pertenece a ustedes, a los lectores.

Y si está vivo, como me gusta pensar que lo está, se abrirá paso de manera autónoma. Y cada cual lo vivirá a su manera. De manera distinta a la que yo he especulado hoy aquí. Tal vez.

Es lo que tiene la vida, que se abre paso de forma heroica e impredecible en su lucha eterna contra la muerte.

Y es así como tiene que ser.

De modo que me callo ya, y que hablen los Idealistas.

Gracias a todos/as por estar ahí.