domingo, 17 de octubre de 2021

LA LEY DEL TIEMPO

 7:40h S/C de Tenerife

Suena el despertador. Libreta, muda de calzoncillos y móvil para sacar fotos. Me visto rápido, hago café. Desayuno escribiendo estas líneas.

 

8h S/C de Tenerife – Los Cristianos

Amanece sobre las lomas que señalan al Teide, la luz anaranjada en los altos de Güímar. Y el mar como un plato. Atascos en la autopista a la altura de Las Chafiras. En la radio dicen que el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, tal vez no llegue a La Palma, ya que esta mañana los alisios arrastran las cenizas aéreas del volcán alrededor del aeropuerto. ¿Por qué no se viene en el Ferry?

 

9h Los Cristianos – La Palma

Embarcamos, siguiendo las más estrictas medidas contra la COVID, junto a periodistas, bomberos, policías y algunos curiosos en cholas.

Vulcanología en cholas, casi nada.

En los televisores del Ferry emiten noticias con imágenes en alta definición tomadas con cámaras de ultimísima tecnología y representaciones gráficas increíblemente precisas con tertulianos más o menos cualificados debatiendo y haciendo entrevistas increíblemente exhaustivas a otras tantas opiniones y puntos de vista.

Microhistorias: unos perros secuestrados, atrapados entre cuatro muros que les separan de la corriente de lava, alimentados por drones, a diario, con la esperanza de sobrevivir.

Titulares: “El volcán, de nuevo en fase explosiva”, “La lava arrasa 654 hectáreas de la isla”, “Todos pendientes de la calidad del aire”, “Seis años duró el Timanfaya…”

COVID vs volcán de La Palma: la mutación infinita del apocalipsis.

Bendita biodramina.

 

12h S/C de La Palma

Zumo de guarapo de caña y almendrados en la Recova. ¿Existen otros volcanes en erupción, ahora mismo, en el mundo? Mi ignorancia supina es reconducida hasta internet, donde una aplicación con datos informatizados en riguroso directo da cuenta del registro exacto que demando, sobre un mapamundi: hasta una docena de volcanes en erupción, en estos mismos instantes. En Puebla, en Catania, en el sudeste asiático, sobre todo… La vehemencia del planeta no se detiene y no se ha detenido jamás (nuestros algoritmos sí que se han ido modificando) y, en realidad, la fascinación que nos procura se diluye ante el abismo imposible de que lo dejara de hacer.

 

13h S/C de La Palma

Detienen el tráfico peatonal de la calle Real. Una comitiva de enchaquetados entra a paso firme en la delegación del gobierno, custodiados por una docena de policías muy serios. Es Pedro Sánchez, el presidente, que finalmente ha podido volar hasta aquí.

“Era el más alto de todos, ¿no lo viste?… ¡era gigante!”, dice una dependienta de una tienda a otra, la de la tienda contigua.

Pero si esta mañana estaba en la sesión de control del Parlamento en Madrid, ¿cómo puede estar ahora en La Palma? Especulamos: jets privados, conciliación familiar, posibles “dobles”.

 

17h Chipi–Chipi

“hay tiempo de comer, hay tiempo de comer sin problema…”

 

18h Paso del túnel

Ascendemos desde Breña Alta hasta el mar de nubes, llovizna entre el verde espesor, carretera de curvas, atravesamos el túnel de la Cumbre para acceder a la cara oeste de la isla.

“Solo residentes”, a la salida, pero no hay controles.

Una nube monstruosa de cenizas nos guía hasta nuestro objetivo, a lo lejos, el foco rojo incandescente en la montaña.

Inhabilitado cualquier arcén para aparcar, detenemos el coche en un camino empinado entre casas terreras de Tajuya. El olor azufre y el humo de cenizas lo invade todo, incluyendo mi libreta.

La erupción emite un ruido constante como de olas lejanas que llegan a ritmos regulares hasta nuestros oídos (calculamos la distancia al volcán por el retraso del sonido, unos tres kilómetros). El cono desde el que brota la lava se desmorona a cada tanto y retoma formas nuevas. Un hilillo de magma fluorescente desciende por el perfil de la ladera. Y a medida que avanza se hace más ancho y caudaloso y su recorrido indefectible asola terrenos, supermercados, campos de fútbol, carreteras, farmacias, colegios, fábricas, casas… cualquier atisbo de resistencia.

Lo observamos sin saber qué decir (ni escribir).


 
18:12h Iglesia de Tajuya, Parroquia Sagrada Familia

Trípodes de cámaras y focos, periodistas preparando voces y entradillas (“¿Pero esto es Los Llanos o El Paso?, porque igual nos lo preguntan en directo”). La mejor panorámica es esta, al parecer, la de la plaza de la iglesia. Y se amontona la multitud para asistir con un mutis reverencial a esta hipnosis colectiva de fuego y desmesura.

Piroclastos rodando por el cono, petardazos de magma y humo denso en vertical (“ahí dentro tiene que haber de todo”, dice alguien a mi lado). El sobrecogimiento es el flujo que nunca se detiene: su estricta concepción del tiempo y su reminiscencia de las inabarcables magnitudes de la materia y de la Historia son absolutamente ajenas a nuestra intuición más primaria. En esa displicencia suya está el arrobo del misterio.

 

19h Tazacorte.

Plataneras y más plataneras que retan al destino universal: la platanera da una sola piña al año, después fallece… pero le sigue su hijito, que yace a su lado. Y el ciclo continúa. Hasta no se sabe cuándo.

 

19:30h Muelle de Tazacorte, atardecer.

La fajana se extiende junto a Todoque y el faro de las Hoyas, negra carbón y refulgiendo brotes de humo blanco a medida que le gana terreno al mar: el abrazo divino del yin y el yang.

Y el volcán a lo suyo, desde lo alto de la silueta, sin parar de escupir fuego.

“Seis años duró el Timanfaya…”

 

21h La noche

La noche es un fulgor descarnado como una hoguera amenazante sobre el cielo. El silencio. El rojo. El avance inexorable del fuego.

Lo poco que somos.

Y la paradójica sensación de recogimiento que eso nos procura.

Tantoamorynopodernadacontralamuerte.


3:37h Apartamentos Los Rosales

El mayor movimiento sísmico desde que empezara la erupción, dos semanas atrás, y no nos enteramos. Y no recuerdo tampoco mis sueños.

La isla hinchada quince centímetros por encima del nivel habitual respecto al mar.

Y se abre una nueva boca en el volcán.

El volcán que sigue sin nombre.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL CREADOR DE VERDADES

Un señor mayor que vive en una aldea rural perdida de la España profunda. Ni siquiera es una aldea, es un descampado perdido a decenas de kilómetros de algo que se parezca a una aldea. Un lugar en medio de la nada, muy verde y bonito. El señor no tiene tele, ni radio, ni le llega ningún periódico. Tiene gallinas, tiene una casa de piedras, tiene plantas, y resulta que no sabe de la existencia del COVID-19, no se ha enterado.

Es la única persona de España que no lo sabe.

No tiene ni la menor idea.

Un agudo periodista, cazador de reportajes, logra dar con él. Busca esa noticia a posta, Debe haber alguien que no lo sepa en este país, piensa, y recorre los lugares más deshabitados de la península, hasta que por fin le encuentra.

El reportaje es un éxito. El hombre que no sabe del COVID-19. “Cuando menciono COVID, el señor cree que hablo de la mascota de Barcelona 92”, escribe el periodista. Y se hace famoso, el señor. Su rostro de paleto bonachón que sabe cosas insondables, cosas realmente importantes, se convierte en icono de la actualidad: es el origen, es la pureza extraviada. Su figura despierta un afecto desmedido. Sale en la portada de las revistas dominicales de mayor tirada, lo invitan a platós de televisión, le hacen un canal de youtube con entrevistas profusas para oírle hablar de tractores, de política, de dietética vegana. Su familia retoma el contacto perdido, sus nietos van a visitarle y se sacan selfies con él.

El éxito de la ignorancia.

Pero con la fama van surgiendo también algunos detalles confusos que enturbian la semblanza… vecinos de fincas aledañas que refieren haberle visitado con mascarilla, un primo lejano suyo que recuerda haber hablado con él en un entierro y haber sacado el tema del virus como un lugar común… Algunos lapsus le delatan, incluso. De modo que parece ser que sí que lo sabía, a tenor de las evidencias, pero que no quería saberlo. Y no es lo mismo.

Su popularidad decrece, en cualquier caso, con la inexorable superposición de novedades de la sociedad del espectáculo. Llega la vacuna del COVID-19. Su historia pierde interés, se diluye, desaparece de los focos.

La retoma un escritor de novelas psicológico-realistas fascinado no ya por su ignorancia sino por su terca simpleza: un señor que se niega a saber. El señor en cuestión es hábil argumentando sus evitaciones, tiene carisma y habla de las bondades de la vida del campo, y es capaz de controlar y dirigir su discurso (y hasta sus emociones) de manera férrea pero a la vez tierna y entrañable. Jamás menciona la pandemia, como si no existiese. No es un negacionista al uso, no entra jamás en el debate de si el COVID-19 existe o no, si proviene de un murciélago o de una perversa conspiración, por la sencilla razón de que lo niega todo o más exacto sería decir que lo elude, hasta el propio debate. No quiere saber del tema y, a fuerza de no querer, no sabe. Y ese mecanismo de defensa suyo, al parecer, a poco que escarba el escritor, lleva instaurado en el señor desde siempre (su familia refiere episodios similares pero ya incómodos, menos entrañables, elipsis oscuras como nubarrones agresivos de vacío y oscuridad: historias de herencias, hijos bastardos y retiradas solemnes de palabra…).

El hombre que no quería saber. La novela es un éxito rotundo de crítica y lectores (sobre todo de crítica), a pesar de la incomodidad de su trasfondo. El señor vuelve al candelero, regresa a la fama pero a una fama distinta, menos popular y más profunda, menos agradable también de llevar a cuestas: más controvertido, menos mainstream. Lo conocen menos personas pero los pocos que lo conocen, a través del libro, lo conocen mucho más. Y les cae mal, a sus nietos y familiares, se avergüenzan de él (salvo un sobrino, pretencioso y cultivado en artes, que se ufana del parentesco ante sus amigos culturetillas). Abandona la realidad y se convierte definitivamente en un personaje de ficción.

Nadie le visita.

Pasa el tiempo, inexorablemente, cae en el más profundo olvido. La pandemia ya es parte del pasado, resurge la economía. Y el señor abandona sus gallinas, sus vacas, sus coliflores. Se niega a vacunarse. Frecuenta lugares concurridos, bares, iglesias, manifestaciones, aspira con todas sus fuerzas el aire compartido. Rastrea toses, se va de putas cada día. Las besa con lengua, apasionadamente, nostálgicamente, como un enamorado: busca contagiarse. Y lo consigue: contrae el COVID-19.

El señor se muere.

En su esquela del periódico local, su sobrino (el pedante), o tal vez un reportero anónimo e inspirado, escribe: “Un creador de verdades: trazó su camino propio con estilo y se llevó sus enigmas al más allá. Descanse en paz”.

viernes, 2 de octubre de 2020

Literatura portátil, Vila Matas

LA NECESIDAD DE SOLEDAD, JUNTO CON LA AMARGURA POR LA PROPIA SOLEDAD, ERA UNA CARACTERÍSTICA MUY COMÚN ENTRE ESOS ALEGRES Y VOLUBLES TRABAJADORES QUE FUERON LOS SHANDYS...

martes, 18 de agosto de 2020

Searching for Frank

Vi esta máquina de chicles en un locutorio de mi barrio, hoy por la mañana, y no me saco su enigma de la cabeza: ¿qué clase de artimaña publicitaria es ésta?, ¿quién demonios es Frank, con esa cara de asesino en serie pedófilo de Milwaukee?, ¿se trata de una algún tipo de broma codificada?, ¿de quién, de David Lynch, en un ajado locutorio paki?, ¿hacia quién va dirigida?, ¿acaso tiene doble o triple sentido eso de "abrir la máquina de chicles"? Nadie responde al 628 215 173.

lunes, 30 de marzo de 2020

ENTROPÍA

Anoche soñé con persistencia que viajaba por el espacio a bordo de un piso de ochenta y cinco metros cuadrados, alejándome de la Tierra, dejando atrás un rastro de energía que iba haciéndose cada vez más débil, y sobre la inmensidad de un horizonte que era vertical y punzante como la flecha del tiempo se esbozaba la imagen insondable de mi hijo, su rostro feliz, proyectado en el infinito, como en 2001, y yo con rumbo fijo, hacia la nada más radical, perdiendo calor, el frío de las estrellas, el frío del Sol, el frío de la materia definitiva bajo la muerte térmica del Universo: que no podemos ganar (uno), que vamos a perder (dos). Y entonces desperté. Y los demás dormían. El amor de nuestros remolinos se alzaba victorioso en el fragor de todo ese caos en expansión...

viernes, 6 de diciembre de 2019

Giorgio Nardone (apagar el fuego añadiendo leña)

En 1930, a orillas del Danubio ocurrió un hecho del que los diarios de la época dieron destacada información. Un joven con intenciones suicidas se arrojó desde un puente; a los gritos de los testigos acudió un gendarme, quién, en vez de lanzarse al agua, apuntó con su fusil al joven y gritó: "¡Sal de ahí o disparo!" El hombre obedeció y salió del agua.

domingo, 24 de noviembre de 2019

ODA A LA MUELA


Tú que viniste de la nada más profunda para enseñarle a mi hijo
que el dolor es una parte consustancial del crecimiento,
pero también
para hacerle gozar de fastuosos banquetes
e innumerables golosinas,
tú que sabes que tu blancura incipiente augura
la ley inexorable del tiempo,
y que vendrán más como tú
y habrá que compartir espacio y caries
hasta que esa ley te de justicia
como a todo lo que nos circunda
y llegue tu reemplazo...
Oh muela primera de mi hijo,
entrañable tortura nocturna,
que llegas con el mensaje feliz de tanto futuro,
cuida de tu amo por destino y cumple tu areté: sírvele como hemos evocado,
y déjame a mí
tan solo
apresarte en la memoria (contra esa ley del tiempo),
para siempre.

jueves, 15 de agosto de 2019

JOSÉ CARLOS CATAÑO

Apenas salgo de la perplejidad que me supone tu marcha, José Carlos. Me llegaron mensajes informativos de varios compañeros de letras la misma mañana en que se dio a conocer la noticia, y en la celeridad de esos sms y whatsapps que luego fueron llamadas desconcertadas que corrieron como la pólvora entre poetas y escritores de nuestra isla me sobrevino el destello lírico de la pertenencia a esa hermandad caníbal sobre la que tanto nos habíamos explayado y a la que, de una forma u otra, me convidaste por el derecho del tiempo y de la desmesura vocacional gracias a tus consejos, a tu afecto y a tu generosidad.

Conservo la brújula de las lecturas que me enseñaste, tu Rilke, tu Lowry, tu misma obra, y la ternura fraternal con la que trataste mis primeros pinitos literarios. Admiré con fervor tu figura estilosa de corazón de guanche desterrado, alma judía y lengua de Rimbaud. La admiré con devoción en aquellos primeros años de nuestra amistad, en los que fuiste una especie de maestro trascendental, de anhelado espejo del futuro, y luego, con el paso de los años, de los libros y de los sinsabores del arte más difícil de todos, el arte de vivir, añadí cualidades aún más importantes a esa admiración iniciática: atisbé la fuente de esa luz tuya de exterminador de la luz, tu inmensa humanidad.

Tu marcha repentina es un arcano indescifrable, José Carlos.

Te llevo conmigo,
a ti y a tus palabras,


«...Qué grande la isla que parece haber existido sólo en sueños...»

Los que cruzan el mar

domingo, 9 de junio de 2019

LA INTERPRETACIÓN MUTATIVA

Tengo un amigo que padece por ser tan buena gente, por dejarle cosas a los demás y repartir favores y tiempo sin pedir nada a cambio. Suena fantástico, y lo es, pero para los demás, no para él. Este amigo mío, como puede suponerse, acumula frustraciones y malestar, y arrastra sinsabores ignotos, porque casi nadie le escucha. Tanto es así que, al parecer, durante una época especialmente difícil, decidió ir a un psicólogo. Pero no a un psicólogo cualquiera, sino a un psicoanalista lacaniano.
Dos años estuvo yendo con un psicoanalista lacaniano.
Su técnica era simple: saludarle, preguntarle de qué querían hablar, y escucharle. Nada más. Escucharle sin interrumpir, sin emitir juicios ni comentarios de ningún tipo, ni un mínimo asentimiento, nada, mudo y quieto como una estátua. Tomando notas, eso sí. Y lo más peculiar de todo: dar por terminada la sesión cuando él consideraba oportuno. Es decir, escuchaba hasta cierto punto y, cuando le daba la gana, cortaba la sesión, la daba por finalizada (una sesión podía durar perfectamente dos o tres horas, pero también diez minutos, por qué no). Pues bien, de alguna manera, según mi amigo, esta terapia le ayudó bastante. Fue «productiva», se calmaron sus molestias, se esculpieron sus traumas, llegó a comprenderse mejor. Aquel psicoanalista lacaniano nunca le dijo nada que no fuera un saludo o una despedida, pero, según mi amigo, ésa fue la clave: ya desde el inicio no supo cómo despojarse de él. Estuvo dos años yendo a su consulta y hablando y hablando sin parar solo por una especie de obligación absurda, por no quedar mal, porque creía que tenía que hacerlo. Y porque no sabía cómo afrontar ese paso. Quería dejarlo, pero no podía hacerlo. Y ese era el reto, esa era la lección «productiva»: estaba en una trampa, una trampa como un espejo con el enigma de su patología, un conjuro que precisaba de cierto hechizo para deshacerse...
Por fin, una tarde se sentó en el diván, con indisimulada rabia, y le dijo, Tengo la sensación de que todos me toman el pelo... ¿qué opina usted? Y el psicoanalista lacaniano solo contestó, Aquí lo dejamos por hoy, y extendió la mano para cobrar sus cien euros. Fue la sesión determinante, la más corta, apenas un minuto, y la última.

martes, 11 de diciembre de 2018

MI HISTORIA CON JORGE HACHE, EL EDITOR


Cuando lo vi por primera vez en el Paseo de la Bonanova, a la altura de Mandri, lo reconocí al instante. Llevaba gabardina, sombrero y bastón decimonónico, su estampa avanzando sobre las aceras otoñales de la ciudad condal era ya pura literatura. Al cruzarnos distinguí su rostro amable y eminente nada más verle: era Jorge Hache, el editor.
          El señor Hache no es un editor cualquiera. Fundador y director de Acertijo, el sello de Guy Debord, Kapuscinski y Vila-Matas, entre otros, descubridor de Roberto Bolaño, su nombre le hace justicia al premio de novela más prestigioso de la lengua castellana, el Premio Hache. Medio siglo publicando a los mejores escritores de su época, Hache es una leyenda viviente de la historia de las letras en español, varias generaciones hemos crecido al amparo de su criterio.
Pasó por mi lado sin prestarme la más mínima atención, como era de prever.
La siguiente vez que lo vi fue en el Paseo de la Bonanova, una vez más, pero ya un poco más cerca de Anglí, a la altura de Escolas Pías. Tampoco me pasó desapercibida su figura entonces (habían transcurrido tan solo un par de semanas desde aquel primer encuentro), con la misma gabardina y el mismo bastón, aunque sin el sombrero, me pareció más alto y desgarbado y, sobre aquella primera impresión mítica, se superpuso esta vez la de un apacible octogenario paseando por su barrio.
La literatura no es como el cine o el rock and roll, la literatura no tiene rostro. Eso me diría Hache, más adelante, ufano de su anonimato habitual.
El tercer, el cuarto y el quinto encuentro me dieron las pistas definitivas sobre su recorrido. Lo vi en Major de Sarrià, en Carrasco i Formiguera, en Via Augusta. Iba siempre solo, y siempre con su bastón. Avanzaba muy lento y señorial por las aceras ya invernales de Barcelona y ni una sola vez me dirigió su mirada.
Por entonces yo acababa de terminar mi novela Respiracionistas y buscaba alguna editorial para publicarla. Desde luego, barajaba algo más asequible. No me había planteado Acertijo, ni el Premio Hache, ni nada por el estilo. Mi objetivo era bastante más modesto, editoriales pequeñas, de provincias, subvenciones con tiradas de unas cuantas centenas, tal vez la autoedición (tenía algunos ahorros, llegado el caso). Pero la vida a veces te lleva cerca de los sueños y la imaginación de las almas sensibles llega a cotas insondables en esos casos: en aquel hombre mayor que pasaba desapercibido como uno más de ese barrio burgués de la alta Barcelona (“la literatura no tiene rostro...”) descansaba la potestad de cambiar mi suerte. Y así fue como entré en una espiral ingenua de ilusiones. Imaginaba mi éxito, y le di formas variadas, me dejé seducir por augurios a partir de la casualidad, albergaba esperanza, justicia, redención. Pensaba que podía llegar mi momento, por muy endeble que fuera esa probabilidad: existía, era él, Jorge Hache.
Realicé varias tentativas de delimitar su recorrido conforme a los sitios donde lo había visto pasear. Marqué los puntos en un mapa. El señor Hache bajaba a menudo por Anglí, era justo en esa calle donde confluían nuestros encuentros. Y era en esa calle también donde estaba mi trabajo. Debía de vivir cerca de allí.
Fue una jornada primaveral en que iba yo absorto dándole vueltas a ciertos problemas laborales, subiendo Anglí, cuando de pronto lo vi en el salón de su propia casa: ahí estaba Jorge Hache, el fundador de Acertijo, el editor de mi ídolo Bolaño, leyendo el periódico. Llevaba una bata color caoba y leía a la luz de una lámpara enorme que gobernaba la estancia. Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la austeridad de su salón, sin cuadros ni libros, la estampa gélida de aquel hombre vetusto que tanto talento literario habría manejado, enfrascado en las usuales vicisitudes de un diario. Como una pintura de Hopper, o un relato de Raymond Carver. Las ventanas enrejadas de su mansión modernista daban a la misma calle Anglí, a dos números de mi trabajo. Con razón me lo cruzaba tan a menudo.
Mis ambiciones más insensatas se dispararon entonces y creyeron ver alguna clase de señal.
Pasé los siguientes días instalado en una duda que más que duda fue asimilación de coraje para ejecutar una decisión que ya había tomado. Una mañana cualquiera, de camino al trabajo, le dejé en su buzón el manuscrito de Respiracionistas, con mis datos de contacto, y con la siguiente nota pegada en un post it:

Estimado señor Hache:
creo en el destino
creo en el realvisceralismo
creo en mi novela,
quedo a la espera de noticias,
atte., el Autor

Los días posteriores fueron de remordimiento. Se apoderó de mí una casta conciencia de civismo y respeto y de pronto me pareció absurda mi iniciativa, mis pretensiones, mi historia. Acosar a un señor mayor en su propio domicilio, meterle en su buzón un ladrillo de trescientas páginas con la esperanza descabellada de que las leyera y de que, además, viera en ellas algo digno de contactar conmigo (alguien que, en su momento, habría leído los manuscritos de Los detectives salvajes, de Bartelby y compañía, de La guerra del fútbol). ¿Cómo se tomaría tamaña falta de consideración? Estaría acostumbrado a esta clase de excentricidades, me tranquilizaba, por parte de innumerables escritores alucinados que le quisieran hacer llegar sus manuscritos, eso seguro, pero ¿en su propia casa, sin conocerle de nada, en su buzón? Desgraciadamente, encima, y a pesar de lo escrito en mi nota del post it, yo empezaba ya por esas fechas a dudar de la calidad de mi propia obra, a tenor de los rechazos en esas editoriales de poca monta.... ¿Y si se pusiera en contacto conmigo, pero a través de sus abogados, para ponerme una denuncia? “Creo en el derecho civil, creo en la intimidad, creo en mis abogados”, podría contestarme, pero era inconcebible, en realidad, porque Hache debiera ser un hombre tolerante, dada su trayectoria, estaría acostumbrado a aventuras mucho más abyectas. De modo que, tras mucho divagar, llegué a la conclusión de que mi Respiracionistas sería recogido por alguien de su servicio y, o bien iría directo a la basura, o bien, en el mejor de los casos, pasaría a engrosar la pila interminable de originales inéditos de algún desván con telarañas.
No supe nada de Hache en un buen tiempo. Me cambiaron el horario de trabajo y supuse que eso habría hecho que no coincidiéramos en sus paseos. Era mejor así.
Poco después, cuando ya mi búsqueda infructuosa para buscarle un editor a Respiracionistas empezaba a ser exasperante y me veía abocado a la autoedición, la desesperación y la rabia por intuir lo inevitable (que tal vez mi novela no fuera para tanto) me hicieron regresar a la única esperanza disparatada que me quedaba: abordar a Jorge Hache por la calle. Lo detendría la próxima vez que me lo cruzara, forzaría que me mirara, confesaría que era yo quien le había dejado el manuscrito en su buzón. Le pediría disculpas de la mejor manera posible y esperaría que jugara a mi favor tanto descaro... Rogaría una lectura y una opinión, fuera la que fuera... Era una táctica suicida, no me vi con fuerzas. Desistí. Borré de mi cabeza esta historia, estos encuentros, me propuse dejarlo correr.
Pero la historia continuaba sola y vino directa hacia mí.
Tocaron al timbre de mi trabajo: era él, Jorge Hache, con su bastón y su cara de lúcida mansedumbre.
¿Cómo sabe que soy yo, y que estaba aquí? ¡Imposible! Fue lo primero que pensé.
Hasta ahora no lo he dicho, soy psicólogo. Trabajo en un Centro de salud mental y atiendo pacientes de todas las edades, condiciones y diagnósticos. Graves, leves e infundados, mi trabajo consiste en ayudarles a superar sus propios obstáculos. Escribo en los ratos libres. Crecí entre libros de Acertijo y soñé siempre con ser escritor, con aparecer en las solapas de los grandes libros y lograr una cierta trascendencia, escribo desde que recuerdo, vivo para escribir, en definitiva, pero no vivo de ello. Mi seguridad y mi contexto social me llevaron a esa tangente de mis fantasías creadoras (que, insisto, sigo cultivando en ratos libres) que es la que paga mi comida, mis recibos, mi alquiler.
De modo que ahí estaba Hache, en calidad de cliente.
Huelga decir que no mencionaré el motivo de su visita. El mero hecho de aludir a una persona concreta como paciente de una terapia ya viola no solo códigos éticos de la profesión sino que puede ser constitutivo de delito. Justifico seguir adelante con esta narración y dar cuenta de ciertos mínimos detalles, en cualquier caso, con la certeza de haber sido autorizado por el propio Hache. Los cotilleos personales y las polémicas ignominiosas quedan fuera de la realidad que pretendo rememorar (y que, por otro lado, se trata de una realidad bastante común): el señor Hache realizó un tratamiento sin grandes complicaciones y obtuvo mejoras razonables sobre su problemática en un tiempo relativamente corto. Eso es todo cuanto nos interesa: que Jorge Hache hizo un tratamiento en mi Centro, que yo fui su terapeuta.
Naturalmente, durante aquellas sesiones semanales en que el señor Hache me desglosaba sus cuitas y sus preocupaciones, sus heridas y sus deseos más profundos, yo no podía dejar de pensar en quién tenía en frente, en mi despacho, a pesar de toda mi experiencia laboral: era Jorge Hache, el editor más reputado de la lengua española. Mientras aquel paciente frágil y noble se apoyaba en mí y me confiaba sus secretos y sus traumas, yo, lamentablemente, mezquinamente, no podía dejar de pensar en lo cerca que estaba de mis sueños más lozanos. No era nada profesional mi actitud, desde luego, pero me esforzaba en aparentar entereza y atención y por momentos conseguí superarme, logré hacerle de espejo cóncavo o convexo, según conveniencia, para que él mismo llegara a desentrañar sus propias trampas (y decidiera lo que hacer con ellas). Hice lo mejor que pude mi trabajo, en suma, y salió bastante bien. Y además diría que, salvando esos abismos insalvables de la sana relación terapéutica, hicimos buenas migas, o, como se dice en el argot, buen vínculo.
No negaré que en ocasiones yo procuraba llevar nuestro divagar a la recepción de manuscritos, a las locuras que los escritores desesperados eran (éramos) capaces de arriesgar en su persona, pero Jorge Hache, magnánimo con estos temas, y con otros, lo minimizaba, apenas sí le daba importancia. Es más, le azoraba enumerarlos. Y entonces, a medida que Hache iba mejorando y acercándose a sus objetivos, a medida que sesión a sesión íbamos comprobando cómo ese malestar que le había traído hasta mí en calidad de psicólogo iba remitiendo, consiguientemente, iba aflorando su buen humor y su distensión, y entonces sí, entonces me hablaba de forma tangencial de tratos con grandes autores, de anécdotas con grandes próceres de la política y el arte, de las condecoraciones que últimamente no paraban de otorgarle instituciones y particulares (y que a él en cierta medida le apenaban por prefigurar su ocaso), de su preciado anonimato (y allí fue cuando me dijo lo de, la Literatura no es como el cine o el rock and roll, la literatura no tiene rostro)... Y, paralelo a ese cambio sustancial en Hache, fruto de la terapia, yo notaba que otro cambio mudo iba produciéndose en mí, una suerte de vaciado indoloro, de amputación de motores de angustia, de ilusiones vanas, de promesas demenciales, una sensación inexplicable, mezcla de alivio y oquedad.
Seis meses después del inicio de su tratamiento le di el alta a Jorge Hache. Acordamos unas breves pautas de autocuidado y prevención, estrechamos nuestras manos en mi despacho. Y ahí fue cuando dijo, Estoy muy agradecido, de verdad, si hay algo que pueda hacer por ti...
Si hay algo que pueda hacer por ti... ésas fueron sus palabras exactas.
Reviví en ese momento todos y cada uno de los libros leídos y las historias imaginadas de mi existencia en un Aleph indescriptible. El tiempo se detuvo. Fue un clímax literario, si es que eso en verdad existe. Dudé, pero no dije nada. Me limité a afirmar con la cabeza, y Jorge Hache se marchó. Me quedé solo en mi despacho, mirando a la pared un buen rato, como otra pintura de Hopper, como un relato de Raymond Carver.
Al poco autoedité Respiracionistas. Me gasté mis ahorros en una edición bastante mejorable con erratas, tapa blanda y cola mal dispuesta. Una tirada de doscientos ejemplares, los repartí entre familiares, amigos y conocidos. Vendí unos cuantos en una presentación en un café literario. A mucha gente le gustó, o eso me dijeron. El grueso de la edición lo tengo aún en casa, regalo un ejemplar a las visitas. Y así quedaron disueltos mis afanes, poco más: el humo de un incendio que se desvanece en vertical.
Y así fue como vi pasar a la fortuna por mi vida, así llegué hasta donde estoy.
La última vez que lo vi fue en el Fornet, una franquicia panadera ubicada en Sarrià (cerca de mi trabajo, cerca de su casa). Me saludó él, por supuesto (por ética profesional yo no podría hacerlo), y me pidió que me sentara a su lado encarecidamente. Su mítico bastón descansaba en el paragüero y Hache tomaba una infusión, se ofreció a invitarme a lo que quisiera. Yo iba con prisa de modo que no podía aceptar. Le pregunté brevemente cómo le iban las cosas, dijo que bien, reiteró su agradecimiento, hacia mí, hacia el Centro, y luego nos dijimos ambos que estábamos contentos de habernos visto. Se hizo un silencio muy largo. Nos quedamos atascados en esa despedida, tanto Hache como yo, y fue entonces cuando dije, por fin, Le voy a contar una cosa que no sé si se la debería de contar... Usted probablemente no se acordará, pero hace casi un año que yo, antes de conocerle personalmente, de que viniera a nuestro Centro, le dejé una novela mía en su buzón... Jorge Hache emitió un suspiro extraño y dijo, Ya lo sé, ¿Lo sabía? Sí, lo sabía, su nombre estaba en los datos de contacto, y lo supuse al poco de empezar la terapia... ¡La leyó, entonces! Y Hache sonrió con afecto pero también y sobre todo con pesadumbre, como un mago obligado a explicar sus trucos, ¿Y por qué no me dijo nada? Enarcó las cejas, se encogió de hombros, extendió la palma de sus manos, todo a la vez, en un gesto de disculpa, de cortesía, de clemencia y de anhelo de comprensión, como si intentara de nuevo aferrarse a aquel vínculo ya roto definitivamente entre nosotros, “Porque era una mierda”, fue lo que dijo sin palabras. Y no hablamos mucho más. Me autorizó a escribir esta historia. Nos estrechamos las manos, nos dijimos adiós. Era mejor así.

Husserl (Investigaciones lógicas)




NADA TIENE VALOR Y SIGNIFICADO ABSOLUTO MÁS QUE LA VIDA; TODO EL RESTO, EL PENSAMIENTO, LA POESÍA, EL SABER, SOLO VALEN EN LA MEDIDA EN QUE DE ALGÚN MODO SE REFIERAN A LA VIDA, PROCEDAN DE ELLA Y TENGAN LA INTENCIÓN DE RETORNAR A ELLA

LA GRAN ETAPA DEL TENIENTE UGRUMOV


Conservo pocos recuerdos de la caída de la URSS. Mi generación, la primera nacida con la democracia española plenamente instaurada, creció bajo contadas imágenes de aquel imperio desmesurado (esculturas cayendo, celebraciones en un muro, tanques en la ciudad). Yo era pequeño entonces y las nociones que era capaz de asimilar eran vagas y ahora encima difuminadas con el tiempo, como puede suponerse. La sensación que me queda, eso sí, es la de una profunda contradicción: se trataba de una debacle, indudablemente, pero una debacle instructiva. Había sido un experimento fallido, un gigantesco error, y era lógico celebrar su final.
         De sólo unos años más tarde (aún siendo un niño imberbe) data el recuerdo que me dispongo a abordar, el único verdaderamente sustancial que tengo sobre la URSS. Una jornada plácida y veraniega, mis padres dormitando la siesta con la tele encendida. El pelotón avanzaba como una oruga de colores a través de la campiña francesa. Tres puertos especiales de montaña, doscientos cincuenta kilómetros de recorrido, la general a punto de ebullición. Coches, motos, helicópteros, cámaras y una multitud expectante siguiendo cada gesto de los ciclistas. Cientos de corredores de distintos países a punto de lanzarse a una paliza descomunal: la etapa reina del Tour de Francia.
          El último recuerdo de mi infancia, aquella etapa ciclista.
     Los atletas marchaban distraídos dándose palmadas, sonriendo a los fotógrafos, haciéndose apuestas y bromas. La cámara le enfocó y allí estaba él, Piotr Ugrumov, con el semblante concentrado en el tubular de su bicicleta, con sus gafas oscuras, aerodinámicas, se abría paso a través de un lateral, avanzando puestos, esquivando a las motos, pegando el demarraje a la salida de una rotonda. Ugrumov se escapaba solo y la etapa acababa de comenzar. Según los comentaristas, se trataba de una auténtica locura.
         Aprovecharon para hablar de él, explicaron su historia.
        Ugrumov era teniente de la extinta URSS y mantenía su hueco silencioso en el pelotón internacional con casi cuarenta años de edad. Pasados habían quedado ya sus mejores logros poniendo en apuros al mismísimo Indurain, así como sus gestas en el Giro, subiendo el Mortirolo, además de cierta crono que venciera en Milán. El teniente Piotr Ugrumov jamás había ganado una gran vuelta pero había protagonizado algunas páginas célebres del ciclismo reciente. Era un hombre respetado, por sus victorias y sus habilidades pero, sobre todo, por su fuerza austera y su carácter grave y honesto, marcial. Nacido en Letonia, había sido condecorado en su juventud como teniente de la URSS, siendo un profesional camuflado de amateur, producto del riguroso sistema socialista de promoción del deporte. Había sido miembro del ejército soviético, en definitiva, y le habían ascendido. Entrenado en la más alta exigencia, disciplina y sacrificio de una superpotencia desaparecida, ahora era una especie de dinosaurio, el producto de una época irreversiblemente sentenciada. En el momento de aquella escapada, aquella tarde calurosa de mi recuerdo, Ugrumov era tratado con el respeto que se trata a los tiempos obsoletos. Según los comentaristas, hacía unas cuantas temporadas que tenía que haberse retirado.
       Por alguna razón, el teniente Piotr Ugrumov se propuso recorrer aquella etapa en solitario.
        Su jefe de equipo iba tras él en el coche y lo vigilaba atentamente. Su pedaleo era rotundo y la postura perfecta, su cuerpo no se movía ni un milímetro, sus piernas describían poderosos círculos. Las gafas oscuras apuntaban al horizonte. Los kilómetros iban pasando y aquella aventura suicida auguraba un trágico final. Nadie sabía muy bien qué pretendía, ni los comentaristas, ni los miembros del pelotón, ni los propios miembros de su equipo (¿hacer de puente a otra escapada?, ¿conseguir puntos para el maillot de la montaña?, ¿publicitarse, dar que hablar, ganarse otro contrato?). Si lo sabía él mismo aún hoy es un misterio para mí.
         Atrás, el ritmo del pelotón era tranquilo, sosegado, nadie se atrevía a acelerar para no agotar energías que harían falta en el futuro. Se estudiaban unos a otros, se perfilaban estrategias, se planificaban apoyos y escalas a rueda. Nadie tenía en cuenta para nada a Ugrumov, todos daban por hecho que caería por su propio peso. En esos mismos instantes, el teniente comenzaba a subir el primer puerto especial de montaña. Lo subió casi entero de pie, con un vigor portentoso, balanceando la bicicleta con todo su peso, dejando inmóvil la tija de la dirección. Era bonito verle subir de aquella manera. Coronó casi a la vez que el pelotón iniciaba la subida. Cuando volvieron a dar referencias, el teniente Ugrumov les sacaba veinte minutos.
         Nadie daba crédito a la cifra, la repitieron varias veces hasta que por fin corrió como la pólvora encendida entre corredores, jefes de equipo y prensa. Veinte minutos era algo insólito, muchísimo. A la indolencia del pelotón se había sumado la fuerza perdurable del teniente letón. Y aún así, sus perseguidores seguían mostrándose cautos, con un ritmo constante y dosificador, dándose relevos especulativos. El esfuerzo de unos podía ayudar indirectamente a otros, de modo que nadie quería empezar a tirar primero. Ugrumov, por supuesto, seguía adelante haciendo su carrera como si fuera una cronoescalada, a todo trapo subía el segundo puerto especial de montaña sin dejarse un ápice para el porvenir, apenas sí escuchaba las indicaciones de su equipo desde el coche que le animaban a ser precavido y guardarse algo para el último puerto, que era el más duro. Los comentaristas ya le notaban cansado y con menor cadencia y, efectivamente, cuando dieron nuevas referencias la distancia con respecto a sus perseguidores había empezado a menguar, quince minutos. Coronó ese segundo puerto destrozado.
          Durante el descenso tomó algunos alimentos que le hicieron llegar desde el coche de equipo. Le vi meterse un periódico bajo el maillot para combatir el frío. Las cámaras buscaban sus ojos en vano, seguía con las gafas oscuras bien ajustadas a las sienes. Las opiniones de los comentaristas habían cambiado, seguían tildándolo de ingenuo pero ahora con matiz admirativo, halagador, y conjeturaban cuándo se le cazaría. Por primera vez escuché a uno de ellos decir, ¿Y si no le cazan?
          Y mientras, el teniente Ugrumov seguía ahí, comiendo kilómetros en solitario.
          La distancia había bajado a diez minutos, los líderes de equipo movieron posiciones y ordenaron a sus gregarios tirar del pelotón. Quedaban menos de treinta kilómetros para la meta y se jugaban el Tour de Francia, era el momento de la verdad.
           La distancia se acortaba implacablemente, había empezado la caza, iban a por él.
       El teniente Piotr Ugrumov, en la soledad de sus pedaladas sufrientes, comenzó a escalar el último puerto con el rostro desfigurado por el esfuerzo. Cada curva era un mundo, cada impulso una tortura. Desde el público le tiraban agua y le gritaban ánimos. Ugrumov avanzaba con una lentitud agónica, atravesando la marea de gente con sus banderas que se abrían al paso de los cláxones de los coches de la organización. Tenía la cara más parecida a la muerte que se pueda concebir y los ojos escondidos en aquellas gafas estilizadas tan de su época. En el asfalto pude leer escritos con tiza los nombres de otros ilustres ciclistas, Hinault, Coppi, Anquetil, Mercx... Entonces, recuerdo imaginar un cronómetro como una guadaña del destino. Recuerdo imaginar, en aquella sobremesa de mi niñez, un reloj midiendo la vida de aquel hombre, sus relaciones, su dinero, su estatus, el valor de sí mismo, su valor como hombre. De aquel ciclista que yo veía en la pantalla del televisor, a punto de desfallecer, emanaba una paradoja esencial: lo inexorable, por un lado, y la ausencia de límites, por otro. Tenía ante mí, por primera vez en mi corta vida, la lucha eterna del hombre consigo mismo. Y entonces pensé en la URSS, en su magnitud, en su hundimiento.
       Pasó la señal del último kilómetro y giró su cabeza instintivamente hacia atrás, el primer gesto suyo que me pareció una muestra de debilidad (¿humanidad?): allí estaban sus perseguidores, a tres curvas, frescos y veloces, venían a por él.
         El teniente Piotr Ugrumov se lanzó a un último esprint que fue la angustia más pura, un kilómetro como una existencia completa, luego de zamparse más de doscientos, aquel kilómetro iba a decidirlo todo. Los del pelotón venían como flechas recién salidas de un arco. El teniente daba bandazos desesperados, su ritmo era grotesco, ridículo al contraste de la presteza de sus perseguidores. Faltaban setenta metros para la meta, la tenía delante, como un espejismo de cuadros negros y blancos, la puerta de la gloria, cincuenta metros para ganar la etapa reina del Tour, cuarenta, treinta, veinte, y a falta de unos diez le sobrepasaron como una exhalación varios de sus seguidores, ganándole la etapa.
        Así perdió Ugrumov aquella carrera, lo recuerdo perfectamente, en el último suspiro. Sucedió en una jornada estival de mi infancia democrática. Su hazaña fue estúpida y heroica, efímera. Una derrota impecable, fastuosa y brillante, perfectamente inútil.
       Y ahora que habito en otro siglo peinando canas pienso a menudo en los ojos del teniente, justo después de la debacle, cuando por fin se quitó las gafas para atender a los periodistas. Aquellos ojos estaban perdidos, la suya era una mirada vacía, con un vacío completo e integrador, que anulaba al futuro. Como si nada tuviera sentido, súbitamente. Como si los sueños hubieran caído en el absurdo más categórico.




"no hay corredores buenos ni malos, tan sólo diferentes metas"
Piotr Ugrumov (1961-)

domingo, 13 de agosto de 2017

EL ENIGMA DE ÁFRICA

Un taxi destartalado nos dejó al pie del árbol sagrado de Diembering, que era el centro de la aldea (una pequeña comunidad rural de Casamance, al sur de Senegal). Tubab, tubab!, se ofrecieron en seguida los lugareños que hasta entonces descansaban pacíficamente apoyados en el tronco del fromager, echando la tarde con sus palos de tamarix en la boca y sus muestrarios de mangos, apartando moscas a la espera de un momento como aquel, tubabs (blancos) como nosotros con dinero y curiosidad. Ninguno hablaba inglés, ni español. Por alguna razón escogimos al más bajito de ellos, un atlético diola con aire de rastafari. Se llamaba Yu, o eso nos pareció entender, porque hablaba diola, wolof, francés y un poco de mandinka, y nosotros no teníamos ni la menor idea de ninguna de esas lenguas. Recorrimos Diembering con él, nos hizo de guía. Caminamos por las veredas contemplando las casas de adobe con techos cónicos y los chiquillos y los animales correteando por doquier (cerdos, pollos, cabras), escuchamos sus explicaciones afirmando con la cabeza, haciendo ver que le entendíamos, y saludamos a sus amigos y familiares, que él se empeñaba en presentarnos (le compramos una cesta artesanal a una viejita entrañable y, cuando le pedimos una foto, la viejita nos pidió más dinero; Yu se enfadó con ella por avariciosa). Durante todo ese largo periplo no mencionamos el pago, es decir, no acordamos de antemano con Yu ninguna cantidad por sus servicios: él nos hacía de guía y al final de la expedición ya veríamos cuánto le pagábamos, ese era el pacto subyacente (y era lo normal por esas latitudes, ya estábamos acostumbrados). El periplo llegaba a su fin, eso sí. Yu nos condujo hasta una cima exuberante de vegetación desde la cual se divisaba la costa, la aldea al completo y unos formidables baobabs. Era un lugar espléndido, privilegiado, el colofón a una ruta inopinadamente genuina. Así que disfrutamos del paisaje y le agradecimos su ayuda, le hicimos saber, mediante mímica y onomatopeyas pretendidamente afrancesadas, lo satisfechos que estábamos de haber podido visitar su aldea con él. Y le pagamos una cantidad razonablemente alta. Tan razonablemente alta que Yu pareció sorprendido y, de pronto, sus dientes y sus ojos brillaron como el sol y decidió sobre la marcha, como esas estrellas del rock que añaden una última canción en sus conciertos a petición del público, mostrarnos su secreto. Un secreto que guardaba cerca de su casa y que era un hechizo alarmante, atroz, insostenible. Un misterio desmesurado que no pudimos o no supimos descifrar: EL ENIGMA DE ÁFRICA. Así bautizamos aquel fervor de la injusticia.

miércoles, 15 de junio de 2016

Jordi Claramonte

HAY MUCHAS FORMAS DE SER SIMPLE, LO CUAL CONVIERTE LA CUESTIÓN DE LA SIMPLEZA EN ALGO PARADÓJICAMENTE COMPLEJO.

MENSAJES EN EL TIEMPO

Entre las páginas de una edición vieja de La montaña Mágica de Thomas Mann surgió esta mañana, hojeando libros en mi biblioteca, esta nota-mapa-decálogo apresurado escrito hace casi una década, cuando trabajaba de proyeccionista. Refiere algo así como la fundación de una República, una República que luego es abolida, y unas alabanzas absurdas como lema de esa -¿inexistente?- República. Todo ello agazapado en la programación semanal de las películas del cine. En fin. Como esbozo ingenuo y torpe que es revela cierta trayectoria, estúpida, reconfortante, además de un insondable aburrimiento. Al verla he sentido tristeza, por supuesto, pero una tristeza redentora. Le he sacado esta foto y la he dejado donde estaba. 

domingo, 6 de diciembre de 2015

ESQUIZOFRÉNICAS O LA BALADA DEL POETA LEGENDARIO

Cuentan de Leopoldo María Panero, el poeta maldito, el genio esquizofrénico que pasó gran parte de su vida ingresado en sanatorios mentales, que allá por los setenta se alistó al Partido Comunista, convirtiéndose en cabecilla intelectual de la organización en Madrid (escribiendo panfletos, repartiendo octavillas, preso varias veces en aplicación de la ley de vagos y maleantes), hasta que una tarde, en una manifestación, perseguido a la carrera junto a sus compañeros por una caterva de feroces miembros de la Policía Armada, condujo a propósito a los suyos (y a sí mismo) hasta un callejón sin salida: nadie entendió nada por un instante, ni rojos, ni grises… la carcajada del loco retumbó como un trueno ensordecedor.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

LA PUERTA VERDE

En la segunda planta del MACBA (Museu d'Art Contemporani de Catalunya) hay una exposición titulada Especies de Espacios que, de la mano de Georges Perec y su obsesiva tendencia al inventario misterioso, explora la geografía de nuestro devenir en clave espacial, los lugares donde se ubica nuestra existencia (especial atención a la dicotomía público vs privado). La fuerza de la propuesta reside, a mi modo de ver, en la atención focalizada al elemento contextual de nuestras vidas, dónde la pasamos, sobre qué suelos, techos y paredes, habitualmente descuidado en favor del elemento temporal, es decir, lo que somos del nacimiento a la muerte. La idea, más o menos, es esa. Yendo a lo concreto, lo que uno ve en la sala son decenas de obras de la más variada naturaleza que reflexionan sobre el asunto, vídeos, lienzos, fotos, instalaciones... Una de esas obras llama poderosamente la atención. Se trata de una puerta, situada casi al final, cerca de la salida. Una puerta de madera verde, con sus visagras y su pomo. Está construida en una pared gruesa del edificio, no hay nada detrás, de modo que es una puerta cerrada que no da acceso a ningún lado, pero tiene toda la pinta de hacerlo: es una puerta jodidamente inquietante que nos lleva a un lugar imposible. Esa es la obra de arte, la puerta verde, con todas sus contingencias expresivas. Pero si te atreves a abrirla, la cosa se pone aún más interesante. Si te atreves a abrirla, aún sabiendo que se trata de una empresa utópica (porque no se puede abrir), vendrá el segurita de la sala y te echará una bronca fenomenal a grito pelado. Te dirá que es una obra de arte, y que no intentes abrirla. Y como ya se te ocurra decirle que él mismo está participando de la obra de arte sin saberlo, que la está completando y dándole significado con su prohibición, juntará las cejas y te dirá que si tú lo dices, pues vale... pero que no se te ocurra intentar abrirla.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Oliverio Girondo

¿Y NO BASTA CON ABRIR LOS OJOS Y MIRAR PARA CONVENCERNOS DE QUE LA REALIDAD ES, EN REALIDAD, EL MÁS AUTÉNTICO DE LOS MILAGROS?

viernes, 10 de julio de 2015

CRUCIFIJO CON HOZ Y MARTILLO

Cuando pienso en cuadros como La balsa de la medusa o La rendición de Breda o en esos cientos de retratos de monarcas de la modernidad y busco un algo similar ahora, algo equivalente, en un sentido profundo, a nuestra época, a este rabioso presente de la postmodernidad (del presente perpetuo del después de la muerte del arte, del autor, del espectador, de Dios, de no quedar nadie vivo ni muerto del todo sino más bien ser todos zombis), no se me ocurre pensar en Jeff Koons o en obras de fotorreporteros de guerra (como hizo Houellebecq en su El mapa y el territorio), eso sería lo más fácil, una traslación exacta, pero no, yo me refiero a una equivalencia simbólica completa, de medios, de formas, de contexto y de difusión, sobre todo de difusión, me refiero a ese mismo reflejo artístico del pasado como si la Historia se doblara en un plano de dos dimensiones y se llegaran a tocar esas homologías, pues bien, como decía, ese parejo actual a todos aquellos cuadros para mí es la siguiente imagen:


viernes, 24 de abril de 2015

Jean Dubuffet

A MÍ ME GUSTARÍA VER EN LA PLAZA MAYOR DE TODAS LAS CIUDADES, EN LUGAR DE MUSEOS Y BIBLIOTECAS, UNA INMENSA ESTATUA DEDICADA AL OLVIDO.

lunes, 23 de febrero de 2015

Biografías postsocráticas (corazones quiméricos II)

HEGESÍAS (Ἡγησίας), filósofo griego de la escuela cirenaica (siglo III a. C.). Si la finalidad de la vida es la satisfacción del propio placer esto conduce inevitablemente al pesimismo, según Hegesías, ya que los placeres de la vida son pocos y muchos más los dolores, e incierto el conocimiento, los eventos son dominados por la fortuna, el azar, la inseguridad y la impersonal fuerza de un destino fatal. El fin supremo del hombre no sería así tan solo la indiferencia ante la vida y la muerte, sino que la misma muerte debiera ser considerada por ello placentera. Enseñaba la inmortalidad del alma, pero aconsejaba la muerte, pues solamente en ella puede encontrarse la verdadera tranquilidad. De aquí provino su apodo de “aconsejador de la muerte” (Peisithanatos).
Sus discursos aconsejando la muerte fueron causa de tal cantidad de suicidios en Alejandría que Tolomeo II tuvo que expulsarlo de la ciudad. Parece que él mismo puso en práctica sus propias teorías.

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL ESPÍRITU DE MANUEL VILAS (evocación y un poema)

Te recuerdo dando palmas y cantando bamboleiro por zonas comunes ante la mirada atónita de pacientes y profesionales en aquellas tardes interminables del agosto de la meseta (interminablemente mal pagadas: tú te quejabas también del dinero, para qué negarlo, en eso fuimos igualitos siempre, felices viendo ceros a la derecha y miserables, profundamente miserables ante la amenaza de la bancarrota). Costaba un triunfo sacarte de tus empecinamientos, mejor dicho, era casi imposible (en eso fuimos también igualitos). Voces femeninas, abrazos sinceros, cafés condicionados, transigías solo cuando, donde y con quién querías, en eso fuiste inquebrantable hasta el final. Te recuerdo sacando a bailar a la jefa, regresando arrepentido de tus escapadas periódicas, negándote a afeitarte con rotundidad, escuchando en la radio a tu Atleti (una vez te dije que tú eras el mismísimo Atleti, que eras más Atleti que el propio Atleti, y que en todo caso el Atleti sería de ti y no al revés, y me dedicaste una sonrisa que se me clavó en la memoria). Recuerdo sobre todo esos ataques de altruismo irracional que te daban a menudo en los que regalabas complicidad ante prohibiciones, dinero, coca colas, cigarrillos y chistes, lo que fuera, y a cualquiera que se te pusiera por delante. Un mediodía de fin de semana apareciste con una bandeja enorme de churros y porras secas que te habían regalado en el bar y te dedicaste a ofrecerlos a todo el mundo (en lugar de guardártelos para ti, como hubiera hecho la mayoría). Había mucha gente con dietas estrictas, incluso algunos diabéticos. Y cuando trataba de explicarte que no les hacías ningún favor, a pesar de tus buenas intenciones, me ignorabas con naturalidad como si efectivamente yo no supiera entender la rabiosa luz escondida bajo tus actos. Lo tuyo no era el altruismo racional de las ONG sino la fuerza portentosa de la redención, el fulgor de la justicia, la más pura y radiante poesía, amigo mío, eso eras tú, poesía en movimiento. Y así todos te adoraban: los del bar, los diabéticos, los que te echábamos la bronca. Y ahora me dicen que te nos vas, que emprendes el último viaje. Y yo te imagino en esos barcos que dibujabas, surcando esos mares y esas vidas que no parabas de nombrarnos. Y ya me gustaría a mí parecerme a ti en unas cuantas cosas más, amigo mío, gigante, capitán, navega libre y hasta siempre JL, te llevo conmigo,

AMOR, un poema de Manuel Vilas:

Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.
Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,
vendió su coche, anuló su plan de pensiones,
se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.
Qué bien, dijo, qué fuerte,
y todos los empleados y los directores querían disuadirle
pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.
Y luego se fue a ver enfermos,
a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.
Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,
tenía esa gran ilusión.
Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,
quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.
Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.
En Conde de Aranda, dío mil euros a tres árabes,
que le besaron los pies, y las manos y se arrodillaron.
En el barrio de Delicias, en la calle Barcelona,
dio trescientos euros a una negra africana,
y ella quería comerle el sexo al buen Vilas,
pero Vilas dijo hoy soy San Vilas,
consérvate para tu marido, él te necesita,
y yo os bendigo; anda, nena, ve en paz.
Y Vilas se echó a reir.
Fuego, qué fuego más grande,
y siguió repartiendo, a una vieja china
de un todo cien le dio seiscientos euros,
y la vieja le hizo una foto de diez millones de megapixels
y la amplió y la enmarcó y la colgó
en mitad de su tienda con dos velas debajo.
A un vendedor de 
La Farola, ese periódico
de los pobres, le dio ochocientos euros.
Y el vendedor se echó a llorar y ardía
como una vela en mitad de las catedrales antiguas.
Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.
Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.
Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.
Estaba enamorado de sus semejantes.

Nunca vimos a nadie tan enamorado

domingo, 30 de noviembre de 2014

manual de Antropología Cultural, Kottak

SI SE ADOPTA UNA ACTITUD O CONDUCTA ESPECIAL CUANDO SE INTERACTÚA CON UN OBJETO RELIGIOSO, SAGRADO, ¿SE MUESTRA ALGO SIMILAR CUANDO SE EXPERIMENTA CON UNA OBRA DE ARTE?

OPORTO

Iba cayendo la noche sobre los puentes y los tejados de Oporto, caminábamos despacio por las aceras empedradas camino al hostal. Desde el Parque de Cristal a Trindade, ni un alma bajo la luna, farolas débiles, algún coche rezagado. Nos orientábamos a duras penas con el google maps. Se nos ocurrió la siguiente historia:
ESCENA 1. Se abre el telón y se ve a un gato pequeño. Es un gato pequeño sin ningún atributo sustancial, simplemente un gato, cada cual que lo imagine como quiera. Va tan tranquilo por la calle, hasta que de pronto se encuentra con un gato grande (más grande que él). El gato pequeño lo mira, se asusta, da un grito (un maullido), huye disparado. Se cierra el telón.
ESCENA 2. Se abre el telón de nuevo y se ve al gato grande. Va por la calle también muy tranquilo y se encuentra con un perro (un chucho normal, como otro cualquiera). El gato grande se asusta, maúlla, huye. Se cierra el telón.
ESCENA 3. Vuelve a abrirse el telón, se ve al perro. El perro se encuentra con un humano, se asusta, ladra, escapa corriendo. Se cierra el telón. 
ESCENA 4. Se abre el telón, el humano se cruza con una insignificante cucaracha (con sus antenitas y sus patas), se asusta, da un chillido afeminado, cambia de acera para evitarla. Se cierra el telón. FUNDIDO A NEGRO. Créditos.
EPÍLOGO, vuelve a abrirse el telón. Vemos a la cucaracha asustada a su vez por el gato pequeño.

Barajamos unos cuantos títulos (¿Parábola zoológica?, ¿Miedo?, ¿El último eslabón de la cadena?) pero ninguno resultó satisfactorio. Es un puente de palabras, dije yo, Un puente sin principio ni final, un círculo, dijo ella, Un puente indestructible, rematé con Benedetti. Y seguimos transitándolo, cogidos de la mano...

(antropomorfismo en el story board: todos los animales emiten indefectiblemente el mismo sonido ante el miedo, Aahh!).