domingo, 13 de agosto de 2017

EL ENIGMA DE ÁFRICA

Un taxi destartalado nos dejó al pie del árbol sagrado de Diembering, que era el centro de la aldea (una pequeña comunidad rural de Casamance, al sur de Senegal). Tubab, tubab!, se ofrecieron en seguida los lugareños que hasta entonces descansaban pacíficamente apoyados en el tronco del fromager, echando la tarde con sus palos de tamarix en la boca y sus muestrarios de mangos, apartando moscas a la espera de un momento como aquel, tubabs (blancos) como nosotros con dinero y curiosidad. Ninguno hablaba inglés, ni español. Por alguna razón escogimos al más bajito de ellos, un atlético diola con aire de rastafari. Se llamaba Yu, o eso nos pareció entender, porque hablaba diola, wolof, francés y un poco de mandinka, y nosotros no teníamos ni la menor idea de ninguna de esas lenguas. Recorrimos Diembering con él, nos hizo de guía. Caminamos por las veredas contemplando las casas de adobe con techos cónicos y los chiquillos y los animales correteando por doquier (cerdos, pollos, cabras), escuchamos sus explicaciones afirmando con la cabeza, haciendo ver que le entendíamos, y saludamos a sus amigos y familiares, que él se empeñaba en presentarnos (le compramos una cesta artesanal a una viejita entrañable y, cuando le pedimos una foto, la viejita nos pidió más dinero; Yu se enfadó con ella por avariciosa). Durante todo ese largo periplo no mencionamos el pago, es decir, no acordamos de antemano con Yu ninguna cantidad por sus servicios: él nos hacía de guía y al final de la expedición ya veríamos cuánto le pagábamos, ese era el pacto subyacente (y era lo normal por esas latitudes, ya estábamos acostumbrados). El periplo llegaba a su fin, eso sí. Yu nos condujo hasta una cima exuberante de vegetación desde la cual se divisaba la costa, la aldea al completo y unos formidables baobabs. Era un lugar espléndido, privilegiado, el colofón a una ruta inopinadamente genuina. Así que disfrutamos del paisaje y le agradecimos su ayuda, le hicimos saber, mediante mímica y onomatopeyas pretendidamente afrancesadas, lo satisfechos que estábamos de haber podido visitar su aldea con él. Y le pagamos una cantidad razonablemente alta. Tan razonablemente alta que Yu pareció sorprendido y, de pronto, sus dientes y sus ojos brillaron como el sol y decidió sobre la marcha, como esas estrellas del rock que añaden una última canción en sus conciertos a petición del público, mostrarnos su secreto. Un secreto que guardaba cerca de su casa y que era un hechizo alarmante, atroz, insostenible. Un misterio desmesurado que no pudimos o no supimos descifrar: EL ENIGMA DE ÁFRICA. Así bautizamos aquel fervor de la injusticia.

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